jueves, 9 de febrero de 2017

Ali Baba y los 40 ladrones. ¿Somos corruptos los Latinoamericanos?

Exclusivo: El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.

(Por Andres Gomez Polanco *) - Por las coimas de Odebrecht en Venezuela (98 millones de USD), Colombia (11 millones), Perú (29 millones), Ecuador (33,5 millones), Panamá (59 millones), Brasil (350 millones USD), República Dominicana (92 millones), Argentina (35 millones), Guatemala (18 millones), México (10,5 millones) la respuesta debería ser que sí. Pero creo firmemente que no. Me niego a creer que la corrupción es un problema cultural, de idiosincracia, axiológico, de tradiciones, o hábitos de los latinoamericanos. Sin embargo, si es un problema estructural de nuestras instituciones democráticas, sistemas políticos, autoridades públicas, lideres políticos, y organizaciones políticas.


Más de 600 millones de dólares,  que pudieron ser invertidos en educación, salud, seguridad social, innovación, ciencia, tecnología, becas, infraestructura, y apoyo para los más pobres han ido a parar en las cuentas bancarias de corruptos y sinvergüenzas. A Latinoamérica el presente y el futuro se le están yendo por el caño de la corrupción. Pero la responsabilidad no solo recae en el corruptor y el corrompido, es sistémica. Es decir, no es una cuestión de malas personas y buenas personas, ni de individuos honrados, y personajes corruptos; es una cuestión de instituciones sólidas, abiertas, transparentes, democráticas, fiscalizadas, y eficaces.

No puede ser que mientras la inmensa mayoría, el 99% de los latinoamericanos somos gente honesta, trabajadora, con valores y principios, perseverante, y honrada cúpulas mafiosas se apoderen y utilicen el Estado, la administración pública, el presupuesto público -que es dinero de todos-  y las instituciones como su negocio personal. Por ende, el origen de toda esta orgía de corrupción radica en que cada movimiento político, líder, mesías, outsider, o partido que gana las elecciones en Latinoamérica tiene como mala costumbre o, más claro, como estrategia mafiosa, apoderarse del sistema judicial, de la fiscalía, contraloría, procuraduría, y toda institución de control con el fin de perseguir a sus opositores políticos, y encubrir sus actos de corrupción para robar a sus anchas, y garantizar su impunidad.

Que latinoamericano no ha escuchado el siguiente estribillo en cada campaña electoral: “esta vez sí crearemos una justicia independiente, una fiscalía que investigue, y seremos un gobierno honesto, para que los corruptos estén en la cárcel”. Ya es casi una frase de cajón en cada discurso político, lo cual demuestra una verdadera decadencia en la construcción de instituciones democráticas; seguramente somos la región con más constituciones, reestructuraciones del sistema judicial, y reformas legales para combatir corrupción en el mundo. Y seguimos siendo una de las regiones más corruptas. ¿Por qué? Pues la respuesta es que por más que gente honesta llegue al poder, lo cual es fundamental para impulsar y defender una reforma política y administrativa, no basta y jamás bastará con tener gente honesta; porque lamentablemente se puede corromper.

Entonces ¿cuál es la solución?, pues construir institucionalidad. Y, muchos se preguntarán ¿Qué rayos es la institucionalidad? ¿Y para qué diablos sirve? Pues en términos sencillos las instituciones democráticas son pesos y contrapesos legales para limitar el ejercicio del poder público. Y, sobre todo, para que las autoridades públicas rindan cuentas y no hagan lo que se les da la gana. Por consiguiente, es lo único que puede evitar que nos roben, ya que si cualquier político, de cualquier tendencia, te dice: “confía en mi somos gente buena”, “de manos limpias”, o “yo pongo las manos al fuego por tal persona”; pues puede sonar romántico, como para guión de Titanic, pero es basura en términos prácticos. Dado que solo un sistema de justicia donde los jueces, fiscales, procuradores, contralores, y demás funcionarios no tengan miedo para controlar y sancionar a los corruptos es un sistema eficaz, el resto es cuento. Y eso se llama construir instituciones democráticas, porque cuando estas existen no importa que el corruptor de turno sea un gran y poderoso empresario, o un acaudalado inversionista, o una empresa multinacional, un ministro de estado, un asambleísta, un candidato presidencial, o inclusive hasta el propio Presidente; si se demuestra que fue corrompido o corrompió tendrá que ir a la cárcel después de un proceso judicial con garantías.

En conclusión, la corrupción se combate como se barren las escaleras, de arriba para abajo, los peces gordos tienen que caer, no importan sus nombres, poder, o cargo; ya que si esto no ocurre, y vuelve a imperar la impunidad, la sociedad va seguir deslegitimando a sus instituciones. Y es normal que eso suceda. Por lo tanto, seguirá imperando la corrupción debido a que es un círculo vicioso: la corrupción debilita las instituciones, y solo una sólida institucionalidad democrática puede combatir la lacra de la corrupción. Hasta que eso pase seguiremos gobernados por Ali Baba, o ¿tal vez no?.......

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec

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