domingo, 19 de junio de 2016

La socialdemocracia ha muerto

Exclusivo: El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.

(Por Andres Gomez Polanco *) - Es casi una costumbre académica, un pasatiempo intelectual, o un hábito instintivo en las Relaciones Internacionales, la geopolítica, y la ciencia política criticar y hasta ridiculizar las ideas de Francis Fukuyama, especialmente las que hacen referencia al Fin de la historia. En este libro Fukuyama esgrimió que ante la implosión de la URSS, la caída del muro de Berlín, y el ocaso del comunismo había que apagar la luz y el último que saliera cerraba la puerta. No había nada más que discutir. La democracia occidental como sistema político, el libre mercado como sistema económico, y el capitalismo como hegemonía cultural eran las verdades incuestionables de la historia universal. Punto y final. No habría más una lucha ideológica, el mundo bipolar se acabó, el American way of life se impuso y, con ello, inició oficialmente un mundo unipolar, la globalización Americana, el auge del neoliberalismo como panacea sin tacha, y la macdonalización del mundo.

Francis Fukuyama

La crítica que se hace a Fukuyama es que la vida social, la historia, la geopolítica, y la política no son estáticas ni inexorables; sino que responden a dinámicas cambiantes, flexibles, contradictorias, que en si están en constante movimiento. En otras palabras, las ideas al igual que los seres humanos evolucionan, involucionan, se transforman, aparecen, desaparecen, pierden vigencia, se renuevan. Es decir el fin de la historia y, especialmente de las ideas políticas, es simplemente una mentira, un superfluo acto de provocación y marketing para vender libros mundialmente. Y vaya que lo consiguió.

Igualmente, la ridiculización de Fukuyama se asienta en la emanación de un sistema internacional cada vez más multipolar ante el fracaso de la guerra contra el terror y el excepcionalismo estadounidense, el auge de China, y el resurgimiento de potencias regionales como Rusia e Irán en el ajedrez geopolítico (Siria). Siguiendo la misma lógica, se utilizan como ejemplos a los gobiernos progresistas, de izquierda, y del socialismo del siglo XXI, especialmente surgidos durante los primeros años de este siglo en Latinoamérica, como la prueba verídica de que el fin de la historia era una farsa. El neoliberalismo había sido no solo cuestionado, sino derrotado electoralmente por proyectos nacionales y regionales alternativos.

Sin embargo, este autor considera que Fukuyama en lo esencial tenía razón, por un simple hecho: nos guste o no, en el siglo XX existían dos alternativas claras en la estructura de poder mundial CAPITALISMO versus COMUNISMO. Hoy por hoy, más allá de los movimientos anti-globalización, los movimientos ambientalistas, la reivindicación de las identidades culturales endémicas, y las alternativas políticas nacionales no existe una alternativa global frente al CAPITALISMO. Este sistema político, económico y social ganó, así de simple, todavía existen las etiquetas y los discursos incendiarios y grandilocuentes contra el neoliberalismo pero la Venezuela de Chávez, la China comunista, los regímenes del socialismo del siglo XXI, Pablo Iglesias, Lula, la Cuba de Fidel, Vietnam, y un largo etcétera cuando gobiernan implementan una u otra forma de capitalismo. El nombre es lo de menos capitalismo de estado, desarrollismo, liberalismo social, capitalismo con rostro humano, o neoliberalismo puro y duro. Nunca jamás han cambiado el sistema mundial, ni siquiera lo han amenzado, porque simplemente no lo pueden hacer, la correlación de fuerzas es devastadora.

La idea precedente no es una crítica ramplona a las alternativas de la sociedad civil que le hacen frente a los abusos del mercado, a la legitimación de la política del goteo, al saqueo nacional, a la profundización de la miseria y la inequidad. Pero si es una reflexión para proclamar lo siguiente: mientras no exista una alternativa política regional, a mediano plazo, y global a largo plazo que haga frente al capitalismo, la peor versión de este último, el neoliberalismo salvaje, seguirá reinando sobre la faz de la tierra.

Esta ausencia de oponente, este vacío ideológico, esta rendicion política frente al capital ha sido alimentada sistemáticamente por la ideología que en los papeles debía hacerle frente, ni siquiera para vencerlo, sino para atemperarlo, para domesticarlo, para domarlo. En otras palabras, el rival ideológico del neoliberalismo, una vez fracasado y proscrito el comunismo, actuó como un infiltrado, como un traidor, como un quinta-columnista, y como un caballo de Troya. Y ese traidor no es otro que la SOCIALDEMOCRACIA.

La socialdemocracia europea nació como la alternativa democrática para alcanzar la justicia social en libertad frente a los excesos de la derecha oligárquica, la violencia comunista, y el totalitarismo del fascismo. Esta ideología que se impuso como la alternativa política hegemónica de la posguerra (IIGM), que renunció al marxismo, y construyó el Estado del bienestar ha claudicado ante los neoliberales. Ha vendido su alma, ha pasado de alternativa a bufón del poder, la socialdemocracia ya no existe en ningún país europeo, se han replegado frente al neoliberalismo en Alemania, Inglaterra, España y Grecia. ¿Que representa actualmente el PSOE, el PASOK, el Partido Laborista, o la socialdemocracia que gobierna junto a Merkel? Nada. No representan nada diferente que el PP, Nueva Democracia, los conservadores, y los democratacristianos respectivamente (derecha), comparados con los neoliberales son como Coca Coala y Pepsi Cola, y por una cuestión de decencia, es preferible el original a la imitación.

Por consiguiente, la socialdemocracia ha muerto y ante este vacío conceptual han emergido amalgamas ideológicas y opciones políticas extremistas que le hacen frente al capitalismo, pero desde una visión equivocada, como son el Frente Nacional de Marine Le Pen, Donald Trump, PODEMOS, el socialismo del siglo XXI, y la derecha xenófoba europea. Este fenómeno se inició en 1980’s cuando Reagan y Thatcher en el auge de su popularidad implantaron el neoliberalismo en los países desarrollados a través de las urnas, posteriormente en las ex repúblicas soviéticas como sendero único de salvación, y en los países en vías de desarrollo a través de gobiernos autoritarios (Pinochet, Videla, PRI, Fujimori). La socialdemocracia abandonó su rol histórico de luchar por la igualdad de oportunidades en compaginación con políticas económicas pragmáticas, y se dejó seducir por los cantos de sirena de la tercera vía, que no es otra cosa que neoliberalismo revestido con discurso progre. En tal sentido, la mejor obra de Margaret Thatcher no fueron sus políticas económicas, el posicionamiento del partido conservador, ni la debacle soviética; sino el surgimiento de Tony Blair.

Por ende, cundo se establecen consensos hegemónicos o predominantes que se superposicionan como la opción infalible, como la verdad única, como técnica inapelable, como expresión objetiva de la realidad; la democracia se acaba. No hay democracia sin opciones diferentes, no hay democracia sin alternancia, no hay democracia sin pluralismo, no hay democracia cuando solo existen Coca Cola y Pepsi Cola. Capitalismo no es sinónimo de democracia, ni siquiera es su condición necesaria, sino échenle un vistazo a la China comunista. Un claro ejemplo de la imperiosa necesidad de democratizar la política mundial, con una opción viable que encare al neoliberalismo globalmente, radica en que las grandes conquistas sociales y de derechos no se dieron por indulgencia y voluntad de los poderosos. Los sindicatos, el derecho a la huelga, las 8 horas de trabajo, la educación universal y gratuita, la salud pública como derecho humano, el Estado del bienestar, los derechos de los trabajadores, entre otros; surgen por el miedo de los poderosos ante la amenaza comunista, ni más ni menos.  

Por lo tanto, en la actualidad el capitalismo neoliberal no le teme a nada, porque no tiene rival, acto seguido desmantela y suprime derechos, pisotea los derechos humanos, sufre la mayor crisis económica desde la gran depresión sin tambalearse demasiado, y ensancha la desigualdad, la falta de oportunidades, la miseria, y la acumulación de la riqueza en pocas manos. Citando a Warren Buffet cuando se le preguntó ¿si todavía existía la lucha de clases ante el derrumbamiento de la URSS? Por supuesto, y estamos ganando nosotros.

En conclusión, la lucha contra el capitalismo inhumano no es una cuestión del marxismo histórico, el cual demostró ser un fracaso, sino que es un asunto de humanismo. Pero, esta lucha debe tener una expresión política que se construya como una alternativa real de poder, ajustada a la realidad, al sistema financiero global, a la economía de mercado globalizada, que entienda la geo-economía y la geopolítica. En otras palabras, un alternativa pragmática sin romanticismos trasnochados ni sectarios. Una alternativa que como la socialdemocracia compagine la justicia social, la libertad, el desarrollo, y los derechos humanos frente al gran capital. Pero, a la vez, pragmática que entusiasme y apasione a la gente, porque la socialdemocracia ya no lo hace. Finalmente, parafraseando a Fukuyama, una vez que la socialdemocracia cometió suicidio, para evitar el fin de la historia, la opción socialdemócrata debe morir como “opción” frente al neoliberalismo, porque como falsa alternativa solo contribuye a que el fin de la historia, pase de ser una ridícula exageración, a ser una realidad.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec

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