domingo, 15 de mayo de 2016

El caudillo institucional

El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.

(Por Andres Gomez Polanco *) - Soñé que en la tierra de los caudillos, América Latina, aparecía un nuevo caudillo. Hasta ahí nada raro, de hecho sería un sueño trillado, un nuevo dictador rocambolesco, un nuevo Perón, un nuevo Chávez, un nuevo líder autoritario, un nuevo mesías tropical, uno más para añadir a la lista histórica, ninguna novedad en la tierra de los caudillos. Sin embargo, mi sueño delataba mi deseo oculto y explícito de una transformación democrática, de una trasformación económico-social, de un cambio de oportunidades, un sueño por la equidad y la justicia, un sueño por el respeto a la diversidad y la firmeza de las convicciones; pero para hacer posible dicho cambio, incluso en mis propios sueños, es impensable prescindir de los caudillos en la tierra de los caudillos. Por eso y, aquí yace la innovación del sueño, me atreví a soñar con un caudillo institucional, con un caudillo democrático.


La verdad como politólogo, según el mainstream de la ciencia política y la vieja escuela, lo que sueño es un despropósito, es una bofetada a la teoría política, y un insulto a la doctrina,  a quien se le va a imaginar la posibilidad de un caudillo institucional, si el institucionalismo y el personalismo son categorías teóricas expresamente opuestas y contradictorias, algo así solo se lo puede imaginar un provocador. Y, en efecto, soy un provocador desde el colegio, la universidad, el liderazgo estudiantil, el trabajo, en el análisis, con amigos, debatiendo, en todo; porque la provocación rompe paradigmas, cuestiona lo establecido, permite el surgimiento de lo impensable, y  posibilita la agonía de lo imposible. Por lo tanto, esta idea que comenzó como un sueño la estoy tratando de plasmar en un artículo académico y por qué no en una teoría. Pero esa es otra historia.

Volviendo a lo que nos interesa, un caudillo institucional y democrático en la tierra de los caudillos anti-institucionales, autoritarios y mesiánicos representa un cambio de paradigma histórico. Sintetiza la simbiosis entre lo posible y lo deseable, compagina la correlación de fuerzas de las tradiciones políticas latinoamericanas (liberalismo-dictaduras), trata de armonizar el carácter institucional y republicano de una democracia con su faceta redentora, romántica y populista. Porque América Latina, nos guste o no, ha sido tierra fértil de los “hombres fuertes”, de los patriarcas políticos, de los caudillos de la independencia y la descolonización, la tierra de los caudillos militares, el ambiente natural de los hiperliderazgos de izquierda y derecha, el habitad del “súper hombre”, del mesías político. En otras palabras, existe un arraigo histórico, cultural, idiosincrático, social, y axiológico de los latinoamericanos que nos hace proclives a los caudillos.

Ahora esa “patología” romántica en favor del bonapartismo o cesarismo político es un hecho que puede ser atemperado por la construcción, consolidación y maduración de las instituciones democráticas. Proceso tortuoso, largo, gradual, con altos y bajos, pero necesario en una sociedad civilizada que busque la paz, la justicia y el desarrollo en democracia. Por consiguiente, la idea del caudillo institucional lo que hace es juntar lo real -la existencia de una tradición caudillista- y lo necesario -la responsabilidad de crear, de una vez por todas, una institucionalidad democrática- con el fin de buscar respuestas y soluciones desde la misma estructura y origen de los problemas.

Y cuando hablo de los problemas, no solo hago referencia a la típica queja académica contra el caudillismo populista y su marcado carácter anti-político, anti-partidos, que erosiona las instituciones, son proclives a la irresponsabilidad económica, y dividen a la sociedad entre buenos y malos. También hablo del típico discurso en favor de los valores democráticos, el cual solo aboga por el estado de derecho, las libertades, la seguridad jurídica, la libertad de prensa y expresión, mantener los equilibrios macroeconómicos, la división de los poderes del estado, y el respeto a las instituciones. El cual es tan poco erótico en términos políticos como hablar de la onceava tesis sobre Feuerbach durante el sexo. Es decir el discurso institucional no inspira, es aburrido, no cautiva, no genera emociones, sentimientos, ni pasiones; porque te habla de abstracciones teóricas mientras la realidad grita corrupción, miseria, inequidad, pobreza y desesperanza. En este contexto, el caudillismo al personificar la patria en un solo liderazgo si toca la fibra más íntima de los ciudadanos, si inspira, si los invoca a la acción, pero, tiene intrínsecamente un germen anti-institucional que irremediablemente hace fracasar su proyecto, cuando se extingue la eficacia del liderazgo.

Por lo tanto, mi caudillo institucional sería un liderazgo firme pero que entienda la diversidad del mundo,  tolerante y combativo, que busque el consenso y no rehúya la lucha democrática de las ideas, un caudillo que emocione, que gane elecciones a los populistas de turno porque cautiva e inspira, pero que destierre el mesianismo político. Aunque suene a oxímoron, un caudillo que genere institucionalidad democrática a largo plazo, que construya un proyecto de país que lo trascienda, que a través suyo germinen nuevos liderazgos, un caudillo democrático y no autoritario. En esencia muchos dirán que lo que en verdad sueño es con un estadista y no con un caudillo institucional, que estoy equivocado. Pues los equivocados son ellos, no quiero un estadista, no sueño con un líder del centro, no quiero un estadista que no se la juega, no sueño con un líder que guarda las formas porque tiene miedo a fracasar, no me atraen los estadistas prudentes, quiero un caudillo, uno que pueda ganar, uno que sea institucional, es decir un caudillo democrático.        

Finalmente, tal vez y muy probablemente estoy equivocado y mi sueño de un caudillo institucional, no sea más que eso, un sueño, una quimera, un hobby analítico, o un simple pasatiempo intelectual. Totalmente irrealizable. Igualmente, tal vez lo que estoy haciendo con esta reflexión es una apología a los caudillismos populistas autoritarios, seguramente los Chávez, Kirchner, Perón, Fujimori, Velasco Ibarra, Getulio Vargas, Evo, Correa, Menem, Cárdenas, Haya de la Torre y demás también pensaron que no eran como sus antecesores, que su caudillismo si sería un caudillismo democrático e institucional. Sin embargo, mi conciencia democrática me dice que no soy un traidor, que en la tierra de los caudillos, la respuesta jamás la encontraremos en los purismos, prejuicios, y sectarismos ideológicos; sino en la innovación, la creatividad, y reconociendo la realidad. Caso contrario siempre terminaremos fracasando ante los caudillos. Porque en la tierra de los caudillos, tal vez y solo talvez, la respuesta este en los propios caudillos, en el caudillo institucional.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec