lunes, 28 de marzo de 2016

Fujimorismo: El retorno de la hegemonía neoliberal en su clave autoritaria




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - ¡Chino!, ¡Chino!, ¡Chino!, ¡Chino!, ¡Chino!, ¡Chino!, era el grito que representaba la esperanza de millones de peruanos en 1990 hastiados por la corrupción, la hiperinflación, desabastecimiento y debacle económica propiciados por el gobierno del APRA, la deslegitimación de la clase política tradicional, y atemorizados por la brutalidad del grupo terrorista Sendero Luminoso. Los cuales se tradujeron en la victoria electoral de un outsider, un ingeniero agrónomo descendiente de japoneses casi desconocido, con un discurso anti statu quo, que con su lema honestidad, tecnología y trabajo, y manejando un tractor que recorría las barriadas de Lima derrotó al excelente escritor, pero candidato de las elites, Mario Vargas Llosa, y comenzó una etapa que revolucionó, hasta nuestros días,  los cimientos sociopolíticos y económicos del Perú.


En el imaginario colectivo de la sociedad peruana hablar de los 90’s es hablar de la hegemonía política, económica, social e internacional del Fujimorismo. Este fenómeno político tomó un país sumido en el caos con más de 60000 muertos como consecuencia del terrorismo y con una hiperinflación del 7000%, y por medio de un plan económico neoliberal, fujishock, estabilizó los precios, redujo sostenidamente la inflación, logró sanear la economía, alcanzó el equilibrio macroeconómico, y retorno por la senda del crecimiento económico y la generación de empleo. Para ello, implementó metódicamente y de menara agresiva la receta neoliberal a través de privatizaciones, eliminación y focalización de subsidios, firma de tratados de libre comercio, reducción del gasto público, abrir los mercados al mundo, reducir totalmente las barreras arancelarias, atraer inversión extranjera, flexibilización laboral, y preeminencia del sector privado en la economía en desmedro de la participación estatal. Lo cual fue posicionado como un ejemplo para el mundo, por parte de los organismos financieros multilaterales (FMI y BM), el modelo peruano para implantar las reformas estructurales del neoliberalismo.

Igualmente, la sociedad peruana recuerda la eficacia de Alberto Fujimori para derrotar totalmente al terrorismo de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA). El fujimorismo fue implacable por medio de la militarización del conflicto, un sistema de inteligencia eficiente, tribunales militares, limitación de las libertades, implantación del estado de sitio, y “la mano dura” que lograron detener al líder senderista Abimael Guzmán, ridiculizar la supuesta invencibilidad del terrorismo, y desestructurar integralmente su organización en menos de 5 años. Además esta pacificación del país, a costa de sangre y fuego, fue vendida a nivel internacional como la doctrina Fujimori para luchar contra el terrorismo, la cual se sintetiza en que “con los terroristas no se negocia, se los captura o da de baja”, ejemplo que años más tarde materializaría en Colombia Álvaro Uribe Vélez. Cabe resaltar que todas la acciones emprendidas por el fujimorismo, fujishock neoliberal y ofensiva contra el terror, fueron absolutamente apoyadas por el pueblo peruano que se entregó a ciegas al “Chino” por su desesperación y urgencia de cambios. A tal punto que en 1995 después de perpetrar un golpe de estado, cerrar el congreso y tomarse la justicia Fujimori fue reelecto con el 60% de los votos.

Pero también hablar de Alberto Fujimori es hablar de terrorismo de estado, de tortura, de asesinatos selectivos (casos Cantuta y Barrios Altos), de secuestros, de desapariciones forzadas, de esterilizaciones forzadas, de violaciones a los derechos humanos, de corrupción rampante, censura, vulneración de la libertad de expresión, compra, soborno y manipulación de medios de comunicación (diarios chicha), fraude electoral (elección presidencial año 2000), dictadura (auto-golpe de estado en 1992), militarización de la justicia y las instituciones democráticas, destrucción del sistema político, y autoritarismo hiper-presidencialista.

En otras palabras, hablar del fenómeno político fujimorista es hablar inherentemente de la mafia fujimontesinista que gobernó el Perú desde 1990 hasta el 2000 comprando conciencias, utilizando la corrupción como método de negociación por excelencia, y que materializó en la práctica el famoso dicho del politólogo florentino Nicolás Maquiavelo “el fin justifica los medios”. Ya que tanto Alberto Fujimori como su socio y cómplice Vladimiro Montesinos (Vladi-videos) impusieron en la sociedad peruana un modelo de gestión en el cual primaban los resultados a cualquier costo, a través de cualquier mecanismo, sin importar las consecuencias, ni el sufrimiento de millones de personas. Es decir Fujimori gobernó el país inca como el capo de una mafia que ejerce su suprema autoridad a punta de sangre, balas, dinero, terror y muerte inspirado únicamente en la lógica del poder por el poder.    

Por consiguiente, después de una vergonzosa renuncia vía fax desde Japón, donde se refugió por 5 años,  Fujimori primero regresó sorpresivamente a Chile en 2005,  en 2007 fue extraditado a Perú, donde el año 2009 fue sentenciado a 25 años de prisión por corrupción, violaciones contra los derechos humanos y asesinatos. Seguramente Fujimori tenía la esperanza de pasar solamente dos años en la cárcel, hasta el 2011, año en que su hija Keiko accediera a la presidencia y lo indultara. Sin embargo, Keiko fue derrotada en segunda vuelta por Ollanta Humala, y todo se fue al traste, Alberto Fujimori lleva preso 9 años y contando. Pero el fujimorismo desde 1990 hasta la actualidad sigue siendo una de las principales fuerzas políticas del fragmentado, atomizado, deslegitimado, poco institucionalizado y escasamente representativo sistema político peruano. De hecho es la fuerza eje del sistema político y económico imperante en la realidad peruana, porque la constitución creada por Fujimori (1994) es la vigente, la cual garantiza y legaliza el neoliberalismo salvaje.

Además el modelo económico dominante, neoliberalismo, fue impuesto por el líder histórico del fujimorismo y, más allá de las reformas, legitimado por los siguientes gobiernos (Toledo, García y Humala). Y, sobre todo, vendido por las elites, empresarios, líderes de opinión, la clase política, los partidos, y los medios de comunicación como el sendero inamovible del éxito peruano, como el camino de desarrollo escogido y como palabra sagrada que enjuicia o domestica a cualquiera que intente criticar el sistema, o plantear una alternativa. Sino simplemente hay que analizar el trágico caso de la presidencia de Ollanta Humala. De la misma manera, el fujimorismo que emergió con su  discurso anti-statu quo, anti-establishment, que ejerció el poder a través de un liderazgo autoritario y anti-político, claramente neopopulista, jerárquico, patriarcal, institucionalizando el clientelismo selectivo y la farandulización de la política, hoy por hoy, es la fuerza política del statu quo y que legítima el sistema a través del miedo a su retorno.

Esto se debe a que después de la decepción representada por el gobierno de Ollanta Humala, único actor político que representaba una alternativa al modelo económico y social imperante, el Fujimorismo a través de Keiko Fujimori representa para la elección presidencial de 2016, la fuerza política que canaliza la decepción contra la clase política y la búsqueda de la sociedad por una alternativa. En el caso de Keiko es un cambio que implica una regresión, un retorno, una añoranza al pasado efectivista sin ética de los 90, y, con ello, el fujimorismo se configura como el partido que legitima y hace perdurable el sistema, ya que si accede al poder a través del gatopardismo, no lo va a cambiar debido a que es su progenitor. Adicionalmente, el fujimorismo es como el socio incómodo y detestable de una mafia elitista, que es visto con asco por la rancia elite peruana, pero que hace el trabajo sucio, y por lo tanto es imprescindible. El modelo económico neoliberal impuesto por el fujimorismo y legitimado casi integralmente por la clase política no fujimorista, ya no necesita al fujimorismo para garantizar su hegemonía, porque se han turnado presidentes de distinto signo partidario pero el modelo permanece inmutable, pero el fujimorismo sigue siendo una fuerza con gran arraigo popular que sirve para neutralizar cualquier verdadera alternativa política. Y ahí radica la utilidad incomoda de Keiko Fujimori.

La hija de Alberto Fujimori, Keiko, indudablemente, al igual que en 2011, pasará a una segunda vuelta electoral, lo cual demuestra que el fujimorismo tiene un 30% de voto duro en la sociedad peruana. Pero, al igual que en 2011, las “fuerzas democráticas” que aceptan el modelo neoliberal, pero rechazan el autoritarismo y las violaciones a los derechos humanos (PP, APRA, PPC, PN, la Izquierda, Partido Popular, entre otros) tratarán de polarizar la elección entre el retorno del pasado oprobioso y mafioso fujimontesinista y la vigencia de la democracia, esta última puede estar personificada por quien pase al ballotage (PPK, Alan García o Bernechea). Para este autor, Alan García es el líder que tiene más opciones de victoria en una segunda vuelta contra la hija del fujimorismo, debido a su carisma, capacidad de articular alianzas, partido organizado y estructurado, arraigo popular y, sobre todo, por su capacidad de movilizar pasiones y emociones, ridiculizar y deslegitimar a Keiko, y dicotomizar efectivamente el ballotage entre democracia versus dictadura, como ya lo hizo en el año 2005 cuando derrotó a Ollanta Humala. En contraposición, en una segunda vuelta Keiko tendría más opciones de derrotar a PPK y a Bernechea quienes no tienen el liderazgo suficiente, la capacidad retórica, ni el arraigo popular para enfrentarla. Pero para ello, Alan García, primero tiene que pasar a segunda vuelta, tarea cuesta arriba, hasta el momento para el líder aprista, quien pese a las encuestas puede dar la sorpresa.      

En conclusión, el fujimorismo es una fuerza política determinante en el sistema político peruano por su historia reciente, su arraigo popular, y su capacidad de renovación y resurgimiento. En los últimos 26 años, en el Perú han existido, formalmente, contando con que Keiko pase al ballotage en 2016, 6 elecciones presidenciales, de las cuales 2 fueron ganadas en primera vuelta por Alberto Fujimori (1990-1995), 1 perdida por su hija Keiko en segunda vuelta (2011), y en 2016 prácticamente está garantizada la presencia del fujimorismo en la segunda vuelta presidencial. Por lo tanto, la sociedad peruana decidirá si da una nueva oportunidad a un fujimorismo que a través de Keiko pretende replicar lo bueno de su padre y rechazar lo malo. Pero, hay que recordar que la única razón por la cual Keiko es una figura política en Perú, más allá de sus cualidades y méritos personales, es porque lleva el apellido Fujimori a lado de su nombre, por lo tanto Keiko lo debe todo, las posibilidades de éxito y su gran rechazo al Chino. Finalmente, el pueblo peruano decidirá democráticamente con su voto cuál de las dos razones pesa más, la añoranza de un gobierno fuerte y resultadista pero sin ética, o rechazar el retorno del pasado mafioso, corrupto y fratricida. Cualquiera sea la decisión soberanía del pueblo peruano, el fujimorismo si gana, por lo menos en cuestión de derechos humanos tendrá muchos obstáculos a la hora de vulnerarlos, ya que el contexto social, los actores políticos, la coyuntura, la comunidad internacional, la región, y la conciencia de los peruanos han cambiado, ya no son los 90.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec