martes, 15 de marzo de 2016

Álvaro Uribe: Un actor clave para la Paz en Colombia




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - “Pueden llamarme paramilitar, narcotraficante, asesino o lo que sea; pero mi lucha contra el narco-terrorismo solo tendrá reposo cuando se cumpla una de dos condiciones: cuando derrotemos totalmente al terrorismo o cuando el supremo creador ponga fin a mi existencia”. Las palabras precedentes pertenecen al dos veces Presidente de la República de Colombia (2002-2010), ex Gobernador del Departamento de Antioquia (1995-1997), ex Alcalde de Medellín (1982-1983), ex Concejal de Medellín (1984-1986), ex senador de la República (1986-1994), y actual líder del partido Centro Democrático y senador del congreso Álvaro Uribe Vélez.


Este paisa descendiente de una prestante familia ganadera del Departamento de Córdova, graduado de abogado en la Universidad de Antioquia, con estudios de posgrado en las Universidades de Harvard y Oxford, hacendado y terrateniente revolucionó el statu quo del arcaico bipartidismo político colombiano (conservadores y liberales) al ganar la presidencia en el año 2002 con el lema MANO FIRME, CORAZON GRANDE. Uribe desarrolló su vida política tanto a escala departamental como nacional bajo el paraguas del Partido Liberal, sin embargo, después de los escándalos y fracasos de los gobiernos liberales de Cesar Gaviria y Ernesto Samper quien tuvo que enfrentar el narcoterrorismo de Pablo Escobar y quien estuvo involucrado financieramente con la mafia del Cartel de Cali respectivamente. Además del fracaso del gobierno conservador del Ex Presidente Andrés Pastrana que no pudo lograr la firma de la paz con las FARC tras 4 años de negociación en la zona de distensión del Caguán; ante estos hechos el sistema de partidos se deslegitimó. Y en ese contexto apareció Álvaro Uribe como un outsider dentro del establishment que arrasó con los partidos políticos tradicionales en las elecciones presidenciales del 2002 con el 46% de los votos, en primera vuelta.

Igualmente, en el año 2006, reformando la constitución, fue reelegido con el 62% de los votos, aunque cabe resaltar que en ambos periodos gobernó con el partido conservador y parte del partido liberal, por lo cual al contrario de las experiencias populistas latinoamericanas del socialismo del siglo XXI no acabó con el sistema de partidos, ni con el sistema político, tampoco refundó el país, ni edificó una nueva constitución. Pero el uribismo como fuerza social y política se posicionó como un actor político clave y determinante en la política colombiana hasta la actualidad. Esto se debe a que tras 50 años de conflicto armado interno protagonizado por las FARC, el ELN, las AUC, el EPL y el M19, que han dejado más de 250 mil muertos, 3 millones de desplazados internos, 1 millón de refugiados en países vecinos, más de 25 mil desaparecidos, innumerables secuestrados,  campesinos despojados de sus tierras, ciudadanos extorsionados, y tras varios procesos de paz fracasados, Uribe prometió e implementó su política de seguridad democrática que arrinconó como nunca antes a la guerrilla de las FARC, y desmovilizó a 50 mil paramilitares en el proceso de Justicia y Paz de Ralito.

En el plano económico el caudillismo uribista no se distanció de sus antecesores al mantener e inclusive profundizar el neoliberalismo, por lo cual este populismo de derechas nadó a contra corriente de la ideología dominante en América Latina personificada en el estatismo izquierdista de Hugo Chávez, quien fue su gran rival en la región. De tal manera que el uribismo gobernó durante 8 años bajo tres pilares, mejor conocidos como los tres huevitos por el Presidente Uribe, que debía empollar y cuidar doña Rumbo (Colombia) debido a los peligros del gavilán del vecindario (el castro-chavismo), (i) seguridad con valores democráticos, (ii) confianza inversionista, y (iii) cohesión social. Por ende, Uribe fue un fenómeno político que con su liderazgo caudillista y populista de derechas ha configurado un enemigo a vencer “los terroristas”, con el cual ha polarizado a la sociedad generando una identidad nacional militarizada, y una causa patriótica nacional que lo justifica todo: lo bueno, lo malo, lo feo, e inclusive lo inhumano.

Por consiguiente, la otra cara de la moneda del éxito de la política de seguridad democrática y la mano firme del Uribismo fueron indefectiblemente la corrupción, las violaciones a los derechos humanos, el irrespeto a las instituciones democráticas, los crímenes, y el terrorismo de estado. Casos como la para-política en los cuales congresistas pertenecientes al uribismo fueron elegidos directamente por la influencia de la maquinaria de muerte (AUC) que controlaba las regiones rurales de Colombia. El escándalo de la Yidispolitica, en el cual una congresista vendió su voto para enmendar la constitución y favorecer la reelección presidencial a cambio de dinero y cargos públicos. Igualmente, el círculo cercano a Uribe, quienes fueron sus ministros y asesores han sido investigados, procesados, sentenciados y encarcelados por casos de corrupción y vínculos con el paramilitarismo como son los casos del ex ministro Andrés Felipe Arias (Agro Ingreso Seguro) y de su primo Mario Uribe respectivamente.

En la misma tónica se acusa a Uribe de ser cómplice, instigador y líder de la fundación y consolidación de grupos paramilitares que antes de su desmovilización perpetraron crímenes de lesa humanidad, magnicidios y masacres. Tuvieron gran poder hasta el punto que Carlos Castaño, líder de las AUC, tenía planeado refundar el país. Específicamente se involucra a Uribe con los “paras”, el clan Castaño, y con capos del narcotráfico convertidos en “paras” como alias “Don Berna” debido a que facilitó su inclusión en el proceso de desmovilización y justicia transicional, y porque en su época de Gobernador de Antioquia creó las CONVIVIR que fueron la semilla de las posteriores autodefensas. Sin contar los escándalos de corrupción por los negocios de sus hijos, conocidos coloquialmente como Tom y Jerry, al comprar terrenos que posteriormente fueron declarados zonas francas y revenderlos ganando millones, ser considerado en los años 1980’s como el narcotraficante número 82 por la DEA debido a que durante el imperio de la cocaína de Pablo Escobar Uribe fue Director de la Aeronáutica Civil de Antioquia. Sin contar tampoco las chuzadas a sus rivales políticos y a los jueces (DAS), los falsos positivos, y el bombardeo fratricida a Ecuador. Ha todo este prontuario hay que sumarle la reciente detención de su hermano, Santiago Uribe, por acusaciones de encabezar un grupo paramilitar denominado “los 12 apósteles”.  

Por lo tanto, Álvaro Uribe representa desde el año 2002 el principal liderazgo político de Colombia, odiado por muchos y endiosado por muchos otros, existen anti-uribistas y uribistas pura sangre, ningún partido, organización, líder, político, movimiento o ideología es indiferente frente al uribismo. En estos 14 años (2002-2016) Uribe ha ganado directamente dos elecciones presidenciales, enarbolando sus banderas fue elegido Juan Manuel Santos (2010-2014) quien posteriormente de manera inteligente y decidida se negó a ser un títere y se la jugó por la paz, y el Centro Democrático un partido recientemente creado bajo el liderazgo de Uribe ganó la primera vuelta, con su candidato Oscar Zuluaga, pero perdió por escasos votos contra Santos en el ballotage de las presidenciales del 2014. En otras palabras, el uribismo es y seguirá siendo una fuerza política determinante y estratégica para construir proyectos de país en Colombia, nos guste o no, esa es la realidad. Por lo tanto, debe ser seducido, incorporado, o encontrar su aceptación tácita o condicionada de la histórica firma de la paz que alcanzará en este año el Presidente Juan Manuel Santos con las FARC. Su exclusión absoluta tendría efectos negativos y de ruptura en la futura implementación de los acuerdos alcanzados en las negociaciones, que inclusive pueden tirar al traste la consolidación de una paz integral, perdurable, duradera y justa.

Así como no se puede negar que el Uribismo arrinconó a las FARC y las obligó dada su debilidad a abrir un proceso de negociación con el Estado, lo cual es innegable, con todas las fallas y excesos Uribe lo hizo. Tampoco se puede negar que Santos hizo lo correcto al entablar un proceso de negociación, ya que el Estado dada la correlación de fuerzas y debilidades no podía alcanzar la victoria militar definitiva ante las FARC, pero si podía negociar en términos absolutamente favorables un proceso de paz con justicia transicional. Como se lo está haciendo, el Estado no colapsó, los guerrilleros no tomaron el poder por las armas, la institucionalidad y el sistema económico imperantes no serán revertidos, y las FARC tendrá que participar políticamente y con todas las garantías en el sistema democrático vigente.

Finalmente, la estrategia para integrar tácita o explícitamente al uribismo en los acuerdos que se alcancen en la Habana tiene que sustentarse en la negociación y el pragmatismo político, de los cuales Santos es un experto, podría ser a través de un referéndum que polarice el espectro político entre la paz y la guerra. En el cual seguramente el uribismo se posicionará en contra de los acuerdos, y también muy seguramente pierda debido a que el SI a la paz en un plebiscito tiene todo a su favor. Pero acto seguido, Uribe sabe que no puede quedar aislado ya que su discurso militarista, centrado en la guerra, y en la lucha contra las FARC y el terrorismo quedaría anacrónico, ilegitimado y desfasado tras un acuerdo de paz.

Por ende, el relanzamiento discursivo y político del uribismo tendría que ser como un actor crítico, inclusive de oposición dura, que fiscalice y controvierta en la implementación de los acuerdos, pero, eso sí, dentro de los acuerdos, aceptándolos, y con ello legitimado la paz con las FARC. Y para tal objetivo si Uribe es el fenómeno político de la última década y media en Colombia, Juan Manuel Santos ha sido la persona más capacitada y exitosa en lidiar con el uribismo a punta de tacticismo pragmático. Tal es así que fue ministro de Uribe, se hizo elegir con su discurso, rompió con él una vez alcanzado el poder, y han sido rivales políticos, pero es el único que puede encauzar al uribismo en el acuerdo de paz. Lo cual es imprescindible, pero, sobre todo, en un contexto de paz el uribismo a mediano plazo perdería fuerza, y encontraría su ocaso con el ocaso de las balas y las muertes en el hermano pueblo colombiano.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec