viernes, 5 de febrero de 2016

OLLANTA HUMALA: La inacción política como doctrina




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - ¡Es un chavista totalitario!, ¡un candidato del viejo comunismo!, ¡un trasnochado izquierdista!, ¡una amenaza para la democracia!, ¡un militar golpista autoritario! Todas las afirmaciones precedentes han sido los recursos discursivos que han utilizado sistemáticamente el statu quo peruano, su establishment político, la clase empresarial, los medios de comunicación y los diferentes líderes de opinión para desprestigiar, deslegitimar, destruir, atenuar, controlar, atemperar; y en última instancia domesticar al candidato, líder político, outsider, y Presidente Ollanta Humala. Consecuentemente, esta estrategia del miedo ha sido exitosa porque el líder del Partido Nacionalista Peruano, a pocos meses de terminar su periodo presidencial, término siendo un político cauto, temeroso, alineado con el statu quo imperante, servil ante las estructuras de dominación, indeciso y miedoso.


Este camino de degradación y derrumbamiento se inicia en Octubre del año 2000 cuando los hermanos Humala, Ollanta y Antauro, coroneles del ejército del Perú, dan un golpe de Estado contra el frágil y ya casi inexistente régimen de Alberto Fujimori (Levantamiento de Tacna). Posteriormente, el gobierno democrático de transición, comandado por el demócrata Valentín Paniagua, les concedió una amnistía. Sin embargo, la ambición política de los Humala por capturar el poder a través de las armas hace que en Diciembre del 2004 Antauro de un golpe en la comisaría de Andahuaylas (Andahuaylaso), siguiendo órdenes de su hermano, Teniente Coronel que servía como agregado militar en Corea del Sur.

Utilizando esta plataforma política, el impacto mediático de los levantamientos militares y el ambiente de desencanto político Ollanta aparece como un outsider anti-sistema en el 2006. Cuando anuncia su candidatura presidencial con una propuesta anti-neoliberal y crítico del sistema de partidos tradicionales (partidocracia), haciendo énfasis en un proyecto político nacionalista, con tintes de izquierda, refundacional de la patria y contra la corrupción. Al más puro estilo de Hugo Chávez y Lucio Gutiérrez (Venezuela y Ecuador), un militar golpista al no poder tomar el poder por las armas, trataba a través de los votos, gracias a la popularidad ganada, llegar a la presidencia de la República con un discurso anti statu quo, reivindicativo y apelando a la justicia social. Sin embargo, el establishment político y empresarial se volcó contra Ollanta quien terminó perdiendo en segunda vuelta electoral contra Alan García (47% a 52%), después de haber ganado en primera vuelta con el 25% de los votos.

Después de realizar una férrea oposición al gobierno aprista, en el año 2011 Humala vuelve a presentarse como candidato presidencial. Pero, esta vez, no era el Ollanta revolucionario, con ideología etnocacerista (nacionalismo inca-izquierdista), con un discurso agresivo y populista. Sino un Humala más moderado, prudente, pragmático y realista que comprendió que después de la campaña permanente de satanización de la que fue víctima, tenía que sacarse el traje de radical y tirarse al centro político si quería tener posibilidades de ganar. Por ende, en la campaña surgió un Humala transformado, dejó a un lado sus trajes militares, ocultó a sus colaboradores de la vieja izquierda, tejió alianzas con sectores empresariales, sin dejar su discurso contra la corrupción y la clase política inmoral moderó  su tono. Contrató consultores políticos brasileños (los mismo de Lula) para hacer más amigable su imagen. Y ya no prometía una refundación de la patria mediante una asamblea constituyente, ni cambiar el modelo económico neoliberal –consolidado por Fujimori, Toledo y García- sino simplemente incluir a los más pobres y olvidados en el crecimiento económico. Y mucho menos hacía referencia al Chavismo, del que se desembarazó totalmente, hasta el punto de obtener el apoyo del premio nobel Mario Vargas Llosa. Tal es así que el líder del Partido Nacionalista obtuvo en la primera vuelta el 31% de los votos, seguido de Keiko Fujimori con 23%. La transformación moderada de Ollanta tuvo tal éxito que en segunda vuelta se posicionó como el candidato demócrata que evitaría que la mafia de la dictadura fujimontesinista retorne al poder, hasta el punto de que Alejandro Toledo lo apoyó políticamente. Por consiguiente, Ollanta alcanzó el poder a través de los votos con un ajustado 51% de las preferencias.

Para este autor la estrategia de moderación, prudencia y des-radicalización llevada a cabo por Ollanta no fue una decisión errónea, más bien todo lo contrario, fue fundamental dado el carga montón institucionalizado de sus adversarios (partidos, empresarios y medios de comunicación) que apelaban a la estrategia de miedo. En contraposición, el gran error de Humala fue indudablemente su indecisión y falta de liderazgo para materializar y concretar una alternativa política. Ni siquiera eligió un camino por el cual luchar desde la presidencia y transformar al Perú. Para ganar vendió su alma al diablo, declinó su plan de gobierno (La Gran Transformación) por la Hoja de Ruta, compromiso para respetar el modelo político y económico vigente, en pos de obtener apoyos electorales. En otras palabras, llegó a la presidencia atado de manos, sin poder reformar el modelo económico neoliberal ni el sistema político corrupto, deslegitimado e ineficiente. Llegó al Palacio de Pizarro un Humala muy diferente al del 2006, con otras prioridades, objetivos y metas, tal vez contradictorias a las de sus inicios, sufrió una metamorfosis escandalosa ya que de ser un líder populista- incendiario contra el sistema, se convirtió en su fiel defensor y escudero.

Cabe resaltar que este análisis no es una apología al chavismo ni al socialismo del siglo XXI, que han demostrado ser un total y absoluto fracaso, aunque el capitalismo salvaje fracasa todos los días. Por el contrario, pretende ser una crítica analítica en contra de la inacción política, la ausencia de liderazgo y valentía, la carencia de imaginación y creatividad política. En contra de la preeminencia del miedo y la duda, la debilidad, la inercia, el oportunismo, el excesivo cálculo político y el desprecio a tomar riesgos y decisiones. El gobierno de Ollanta Humala Tasso se sintetiza en todos los adjetivos precedentes, mintió y defraudó a sus electores, su gobierno ha sido el reino de las indecisiones e improvisaciones, nunca optó por un proyecto político claro, nunca hizo pedagogía social para impulsar un nuevo modelo de desarrollo, modelo de gestión o proyecto de país. Tampoco se expresó claramente en cuanto a ser un defensor e impulsor del sistema económico neoliberal predominante, aunque en la práctica lo ha sido. Humala ha deambulado entre las críticas a la desigualdad, pobreza, exclusión, corrupción y falta de oportunidades del sistema; y la aceptación tácita del neoliberalismo económico en el Perú como un modelo inextricable e insustituible. Nunca se atrevió, nuca se animó a tomar riesgos, jamás se la jugó por un proyecto político, ni siquiera trasformador, sino tan solo reformista que legitime el sistema político, redistribuya la riqueza, combata la corrupción, genere oportunidades para los más pobres y la clase media, y consolide las instituciones democráticas.

Ollanta ha sido como un piloto automático, un simple administrador, un tecnócrata, un conductor conducido que ha mantenido los equilibrios macroeconómicos y ha desarrollado ciertos programas sociales interesantes (beca 18). Ni más ni menos, un presidente mediocre, que deja un legado inexistente, y una sociedad defraudada. Sin mencionar la corrupción de miembros de su equipo y las interferencias desafortunadas de su esposa, Nadine Heredia, a quien ningún peruano eligió, pero que tiene poder para poner y sacar ministros a su antojo, muchos han hablado de un cogobierno y de una posible reelección conyugal. Perdón, me retracto, el único legado que va a dejar la presidencia de Humala es la imposición legitimada, ahora sí sin ningún obstáculo a la vista, del neoliberalismo salvaje-fujimorista. Ollanta representaba una alternativa política hacia ese sistema, una opción frente al consenso dominante, una alternativa frente a la hegemonía, en la cual los peruanos creyeron no para que imponga un socialismo trasnochado, sino para que humanice su capitalismo y renueve su sistema político.

Este fracaso del esposo de Nadine mata a la política en el Perú, porque un régimen sociopolítico en el cual todos los candidatos representan la misma opción (García, Keiko, Acuña, PPK, Toledo), solo con unos cuantos matices de diferencia, es una democracia disfrazada donde la política ha muerto. Porque qué es la política, sino la capacidad de ofrecer diferentes alternativas, proyectos, caminos y soluciones colectivas para mejorar la convivencia social de manera pacífica y soberana. Cuando no hay alternativas todo se resume a la simple administración tecnocrática de las cosas, la dictadura hegemónica del consenso dominante.

En conclusión, Ollanta por temor a enfrentar a las elites empresariales, políticas y mediáticas peruanas, cabe resaltar con prácticas democráticas, se alineó con estas, las cuales vetaban sus pocas iniciativas, lo limitaron y combatieron sin tregua permanentemente, hasta conseguir su domesticación. Como consecuencia el nacionalismo como alternativa política de cambio ha muerto para los peruanos, Humala y este partido serán parte del sistema que pretendía cambiar, guardarán cierto peso, pero nada más. Sin contar que las mismas elites a la que se subyugó servilmente, ni siquiera lo aprecian o le brindan su confianza, al contrario de Alan García, sino que lo ven con desprecio y repugnancia. Igualmente, el candidato presidencial del nacionalismo, Daniel Urresti, obtendrá un resultado desastroso, dicho sea de paso un mal candidato, cuyo único mérito es tener cierto discurso populachero.

Finalmente, un líder y un gobierno que conjugaron la inacción política como doctrina, que utilizaron la táctica del gatopardismo que se centra en simular que todo cambia, para que nada cambie, ha empujado a que la representante de la dictadura fujimontesinista, Keiko, encabece las encuestas presidenciales, al ser vista como una alternativa ante el statu quo. Que más se podía esperar de un gobierno que representa a la NADA, tal como lo expresa el brillante periodista Cesar Hildebrandt: “Humala está convencido de que el sistema y sus mentores son inamovibles, y de que el poder económico no es su socio sino el poder, y que él es un administrador, una suerte de gran gerente con ciertos poderes; no el Presidente del Directorio, sino simplemente el gerente ejecutivo de un gran país que se llama Perú, Marca Perú. El Presidente de la República ha dejado de ser el Presidente de la República y se ha convertido en el administrador”.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec