sábado, 2 de enero de 2016

Francisco: El renacer del Cristianismo inclueyente




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - Muchos lingüistas esgrimen la necesidad imperiosa y “sacrosanta” de suprimir la utilización de la primera persona (Yo) cuando los autores escriben ensayos, novelas, análisis, crónicas, cuentos, relatos, etc. En contraposición, el gran nobel colombiano Gabriel García Márquez invocaba la necesidad de ignorar las reglas gramaticales y ortográficas ya que la riqueza del castellano radica en su esencia sonora, antes que en acartonamientos anacrónicos. Sin embargo, este autor lo va a utilizar debido a que considera imprescindible la franqueza de su significación cuando se hace referencia a temas espirituales. Yo, Andrés Gómez Polanco, creo en Dios, y soy católico, en ese orden. Respeto todas las creencias, religiones, ideales, convicciones e ideas que se profesan en el mundo, también a los no creyentes, porque la tolerancia es la única garantía de la convivencia pacífica en la diversidad.

Jornada Mundial de la Juventud 2013 - Rio de Janeiro

Igualmente, como católico reconozco y rechazo todos los errores que ha cometido la Iglesia Católica desde su participación en la colonización; como bien lo explica el eterno Eduardo Galeano en la siguiente frase “cuando llegaron a colonizar nosotros teníamos la tierra y ellos la biblia, después de cerrar los ojos para rezar, los abrimos y nosotros teníamos la biblia y ellos se quedaron con la tierra”. Además los jerarcas de la Iglesia se han involucrado en temas de corrupción, pedofilia, abusos sexuales a infantes, sobornos, el Banco del Vaticano lavando dinero de la mafia italiana, discriminación a los homosexuales, y muchas otras “gracias”; sin contar con las muertes causadas por la inquisición, las cruzadas y el sectarismo religioso. Sin embargo, considero que la Iglesia también ha jugado un papel fundamental en la reivindicación de los humildes, en la concientización de lo espiritual por sobre el consumismo materialista, en el posicionamiento de valores como el amor, la solidaridad, la esperanza, el arrepentimiento, la justicia, la verdad, el perdón, el cambio y la inclusión.

Por ende, los errores del catolicismo a pesar de su gravedad y de que deben ser extirpados, no borran las bondades realizadas por los párrocos de barrio y los seminaristas humildes. Tal es así que por un Marcial Maciel quien violó a menores de edad inocentes con los legionarios de cristo existen esos curitas anónimos franciscanos, salesianos, capuchinos, jesuitas y dominicos que entregan su vida al servicio de los menesterosos y los desprotegidos, especialmente en favor de los más débiles ancianos, niños y mujeres. Y esto no es una defensa de a gratis de mi parte, no me lo contaron, no lo escuche en misa; lo viví por un año y medio cuando diariamente veía, sentía y admiraba la labor realizada por los Padres Salesianos, cuando fui voluntario en su fundación “MI CALETA”, que se encarga de atender económica, social, psicología, espiritual y educacionalmente a los niños que trabajan en las calles.  

Por ende, este análisis no es una apología al catolicismo, no tiene la intención de ser una reivindicación del “curuchupismo”, palabra utilizada en Ecuador para hacer referencia al conservadurismo-tradicional fundamentalista religioso. Tampoco tiene como afán deslegitimar o proscribir paradigmas del pensamiento como el ateísmo o el agnosticismo, sino que tiene como objetivo señalar la trascendencia de la religión católica, la Iglesia y el Papa Francisco en el mundo. Y especialmente en Ecuador donde el 85% de su población profesa esta religión,  y en América Latina que con 483 millones de católicos concentra 41% de creyentes del catolicismo a nivel global (1200 millones). Sin mencionar el creciente avance del protestantismo latinoamericano –Evangélicos, Testigos de Jehová, Pentecostalismo, Presbiterianismo, Metodistas, Episcopales, Mormones, entre otros- que representan alrededor del 17% de creyentes, en una Latinoamérica donde el 80% de mujeres y hombres son católicos.

Por lo tanto, yo pertenezco a ese mayoritario grupo de creyentes que no van todos los domingos infaltablemente a misa, que no se confiesan periódicamente, que no leen la biblia regularmente, que le parecen anacrónicos y predecibles los ritualismos y simbolismos, y que se alejan del dogmatismo ciego para cuestionar y pensar cada vez más, sin por ello perder un ápice de fe. Pero también pertenezco a ese grupo de creyentes que no necesitan ir a misa para hablar con Dios, personalmente lo hago mientras camino para ir a mi universidad o al trabajo, lo hago cuando veo las nubes del cielo, el sol, y las estrellas del firmamento, hablo con Jesús cuando voy en la Ecovia (bus) de regreso a mi casa. En otras palabras, siguiendo el principio luterano tengo un contacto con Dios cuando lo siento y lo deseo, en cualquier parte donde me encuentre, incluso muchas veces prefiero ir a la iglesia cuando no hay misa. También soy ese tipo de creyente que defiende su fe sin deslegitimar ni excluir otras religiones o pensamientos, que no cree tener la verdad única, que está abierto a reflexionar críticamente y hacer reformas. Esos creyentes que más allá de todo mandamiento, reglas y dogmas consideran que el principal mandamiento es el amor al prójimo, que la mejor prédica es la práctica cotidiana, y que los grandes milagros comienzan cuando actuamos con justicia y verdad.  

En este contexto de errores, aciertos, reivindicación y pluralismo el Papa Francisco representa la esperanza del cambio, la esperanza de la renovación de la Iglesia católica y la esperanza en el advenimiento de un nuevo liderazgo espiritual en la humanidad. Francisco está dando una lucha por devolver el espíritu cristiano a la Iglesia y al catolicismo, donde prime la humildad, la solidaridad, el perdón, la misericordia, la tolerancia, la inclusión de los menesterosos, el amor y la justicia. Para ello, este jesuita argentino, tendrá que enfrentar a mafias y elites corruptas enquistadas en las esferas de poder del Vaticano y las iglesias locales, tendrá que luchar contra facciones ultra-conservadoras (Opus Dei) que se oponen a reformas justas y modernizadoras. Y sobre todo, tendrá que abrir el debate, tomar decisiones y ser tolerante aunque discrepe ante temas tan diversos, polémicos y estratégicos en una sociedad globalizada como: el aborto, la eutanasia, la clonación, la utilización médica de las células madres, el suicidio asistido, la legalización de las drogas, la posibilidad de sacerdocio de las mujeres, la prostitución, el divorcio, identidad de género, la homosexualidad, el matrimonio y la adopción de parejas del mismo sexo. Sin contar con problemas que se han vuelto lamentablemente comunes en las últimas décadas: guerras, intolerancia religiosa, terrorismo, consumismo materialista, corrupción, cambio climático, pobreza extrema, desigualdad y el relativismo ético.      

Por consiguiente, Francisco al igual que extraordinarios pontífices como Juan Pablo II o Juan XXIII, está reformando la iglesia, renovando la fe de los creyentes y dejando una huella que trace un sendero de transparencia, esperanza, cambio y devoción por los que más necesitan. Ante este innegable proceso de transformación muchos ateos y agnósticos, ejerciendo su libertad de pensamiento, reivindicando el secularismo, el laicismo y la libertad de culto –lo cual está muy bien ya que enriquece el debate- cuestionan la lentitud de los cambios o la escaza importancia de los mismos. Sin entender que debido a la correlación de fuerzas internas, la propia doctrina católica y sus principios rectores cambios como la aceptación del aborto, el matrimonio gay o la eutanasia son prácticamente imposibles de concretar. Sin embargo, lo extraordinario del Papa Francisco es que no excluye, proscribe ni deslegitima a las personas que han cometido estos “pecados”, al contrario les abre las puertas de la Iglesia, los trata de entender, los incluye, conversa con ellos, ya que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

En esta misma lógica existen personas que desconfían y restan trascendencia al papel de Francisco, ya que consideran que la Iglesia en su totalidad y sin excepciones es una alcantarilla incambiable llena de corrupción y maldad. Tal visión tan fanatizada y fundamentalista -al más puro estilo del sangriento inquisidor español Torquemada- no tiene ninguna validez racional ni ética. En si representa una simbiosis entre el odio y la intolerancia porque se confunde el ser ateo o agnóstico con el ser anticlerical, anti-católico anti-cristiano, atacando, insultando, deslegitimando y luchando incasablemente para que los creyentes no crean. Denigrándolos al decir que creer en Dios es irracional, es perjudicial para la humanidad y no tiene ninguna argumentación científica. Además de llegar al extremo de considerar la supresión de las religiones del mundo como un paso fundamental para conseguir la paz global, que ridiculez! Estos individuos confunden el ser ateos y agnósticos, que simplemente es la opción respetable de no creer, con la religión laica e intolerante del fanatismo ateo. Dicho sea de paso, el argumento de que la religión es inválida porque no se sustenta en razones, argumentos y pruebas científicas, es una estupidez inconmensurable, debido a que la religión no se sustenta en la ciencia sino en la fe. Querer legitimar a la religión a través de la ciencia, es como tratar de comprender los partidos de fútbol con las reglas del ping pong.

En conclusión, el advenimiento del Papa Francisco además de refrescar la imagen de la Iglesia, posicionar a un sacerdote carismático en la jefatura del Vaticano y abrir el paso a una nueva época con un líder cercano a la gente, ha servido para establecer la prédica y la acción de la inclusión en todo sentido. Francisco ha luchado en estos años por la inclusión de los pobres de entre los pobres, por la inclusión económica, social y política de estos, por la inclusión espiritual de los excluidos por sus pecados, por la inclusión del medio ambiente en un mundo consumista, por la inclusión de la fraternidad y la tolerancia entre las diversas religiones. Es decir, es el Papa de la inclusión que en sus palabras “enfrenta a la arrogancia de los poderosos”.

Finalmente, en Julio del 2015, Francisco visitó Ecuador, tuve la oportunidad de verlo casi por casualidad, mientras me dirigía a mi trabajo vi su rostro rápidamente en la caravana que lo transportaba en su pequeño carro fiat. En esos pocos segundos pasaron por mi cabeza las imágenes de mis padres enseñándome a rezar cuando tenía 5 años, en el trayecto a coger el bus para ir a la escuela, recordé que todos los días cuando salgo por primera vez a la calle en cualquier latitud del mundo en la que me encuentre me santiguo, como me lo hacían hacer mis padres de pequeño. El cual, tal vez, es el único ritual que tengo, aunque por sentirlo y por la fe del acto, para mi trasciende a un simple ritualismo. Cuando veo y escucho a este Papa mi fe crece, la religión se legitima, la palabra de Dios cobra sentido y la valentía se convierte en práctica cotidiana, ya que Francisco encarna aquella frase expuesta por aquel carpintero hace ya más de 2000 años “amar al prójimo como a uno mismo”. Por lo tanto, como dijo el célebre cantante y ateo Joaquín Sabina “Este papa me cae bien, pero no va a durar mucho” y ante el cuestionamiento de un periodista ¿por qué?  Respondió: “porque este si cree en Dios”.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec