lunes, 7 de diciembre de 2015

Elecciones España 2015. ¿Un nuevo Felipe Gonazelz?




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - Sin duda alguna estoy en contra de los puristas, de los virginales políticos y los sectarios de cualquier tendencia que piensan que hacer política y gobernar es simplemente elegir entre lo bueno y lo malo, en favor de la patria o en contra de ella, o entre la gente y la oligarquía. Lo cual en la mayoría de las veces es una simplificación banal y torpe debido a que hacer política y gobernar es esencialmente tomar decisiones difíciles, muchas veces elegir entre lo menos perjudicial, lo correcto aunque sea impopular, elegir con el menor costo posible para la gente. En otras palabras, hacer política es esencialmente materializar los principios y convicciones y, a la vez, caer en contradicciones en el camino, no por incoherente, sino porque los rivales también juegan, el contexto cuenta, los desafíos son estructurales, y el poder es multidimensional. Por ende, este autor considera que si hay un político en Europa, un representante de la socialdemocracia, un demócrata sin medias tintas y un líder que engloba esta dinámica entre los principios, los sueños y las contradicciones que enfrentas cuando ya te toca gobernar y tomar decisiones, es indudablemente Felipe González.

Madrid, 1986. El Presidente del Gobierno, Felipe González, firma el acta de adhesión de España a la Comunidad Económica Europea, junto a Fernando Morán, ministro de Exteriores.

El líder histórico del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) gobernó el país ibérico de 1982 a 1996, durante 14 años ininterrumpidos fue Felipe González quien tuvo que consolidar la democratización en España después de casi 40 años de dictadura franquista (1938-1973). Fue él quien de manera estratégica, inteligente y con altos y bajos tuvo la responsabilidad de modernizar la sociedad, economía y el Estado español. Además fue Felipe González quien lideró la integración plena de España a la Unión Europea, su reposicionamiento geopolítico, y su integración a una economía globalizada. Sin mencionar la amenaza terrorista de ETA y el independentismo catalán. En su primera presidencia (1982-1985) González obtuvo el 48% de los votos, 202 sufragios y, con ello desde 1936, por primera vez un partido político tuvo mayoría absoluta en la legislatura. En 1986 González lideró la polémica incorporación de España a la OTAN a través de un referéndum que ganó con el 52% de los votos. Ese mismo año Felipe convocó a elecciones generales, las cuales ganó con el 44%, obteniendo nuevamente mayoría absoluta para continuar con sus reformas modernizadoras.

En 1989 el líder del PSOE volvió a renovar su mayoría absoluta legislativa, aunque esta vez solo fue por un escaño, tras años de gobierno reformista que ocasionaron huelgas generales, paros, desgaste y casos de corrupción. Sin embargo, en 1993 una vez más y contra todo pronóstico Felipe González venció a José María Aznar (Partido Popular) en las elecciones generales, pero, esta vez, tan solo con mayoría simple, por lo cual dado el régimen parlamentario tuvo que pactar con los partidos nacionalistas vasco y catalán para formar gobierno. Finalmente, en 1996 José María Aznar ganó las elecciones por un mínimo margen a Felipe Gonzales, 9,7 a 9,4 millones de votos respectivamente, pero aun así, el líder del PSOE podía pactar con otros partidos y forzar un gobierno suyo. Sin embargo, Felipe demostró su altura de estado, su condición de estadista y sus convicciones democráticas al rechazar un pacto de gobierno, y permitir que el Partido Popular que había obtenido más votos, presida el gobierno.

Todas estas elecciones ganadas, todos estos años de gobierno y todas las batallas políticas, económicas y sociales en pos de transformar España, a pesar de las mayorías legislativas, encontraron a un Felipe González abierto al diálogo, con predisposición al consenso, proclive a la negociación transparente y sin ánimo de imponer su voluntad a toda costa. Pero también esta figura histórica de la socialdemocracia mundial supo tomar decisiones difíciles, anti-populares, drásticas, polémicas y contradictorias. Esta dinámica y conjugación entre lo posible y lo deseable, entre los sueños quiméricos y las condiciones de su realización, entre los principios y la estructura de poder, y, sobre todo, entre el pragmatismo y el idealismo político forjaron la España contemporánea durante los gobiernos de Felipe González, para bien y para mal.

Hoy por hoy España enfrenta desafíos estructurales en todos los ámbitos dada la ruptura del tejido social, la deslegitimación del sistema político, la crisis económica y financiera, la pobreza e inequidad crecientes, la corrupción institucionalizada, el desempleo y los problemas de seguridad, terrorismo y legitimidad relacionados a la Unión Europea. Es por ello que las próximas elecciones generales, 20 de diciembre, el pueblo español definirá si continua con el actual liderazgo y proyecto de Mariano Rajoy, u opta por un cambio de diferentes matices con Albert Rivera (Ciudadanos), Pedro Sánchez (PSOE) o Pablo Iglesias (Podemos). La mayoría de las encuestas descartan por completo la victoria de un solo partido por mayoría absoluta, por lo cual, la formación de un gobierno y, más importante, la materialización de un proyecto de país requerirán indiscutiblemente de pactos, negociaciones, diálogo y concesiones recíprocas. Por ende, desde ya hay especulaciones sobre diversas variantes en la conformación de las posibles alianzas de gobierno, se habla de un pacto de centro-derecha entre el partido gobernante (Partido Popular) y el líder de Ciudadanos Albert Rivera para garantizar una continuidad con ciertas reformas sociales y en términos de transparencia. Y seguramente sin Rajoy como líder, sino su vicepresidenta Soraya Sáenz como cabeza de gobierno.

Por otro lado, se especula con la posibilidad de una alianza entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias para que las dos fuerzas predominantes de izquierda conformen un gobierno progresista, realicen las transformaciones económicas, políticas y sociales en las cuales coinciden y canalicen sus divergencias a través de pactos más amplios, referéndums, la inacción o medidas paliatorias. La clave de este posible pacto se encuentra en quien presidirá el gobierno, lo cual dependerá del número de votos y la posición en que queden sus líderes: Iglesias y Sánchez. Otro escenario para formar un pacto de gobierno puede ser una alianza entre Albert Rivera y Pedro Sánchez, aunque sus proyectos de gobierno e ideas difieren en temas prioritarios. Menos probable sería una negociación entre Rivera y Pablo Iglesias que se encuentran en las antípodas ideológicas, aunque en temas como transparencia y renovación del sistema electoral estos partidos nuevos puedan ponerse de acuerdo. Y casi imposible resulta pensar en la conformación de una gran coalición a lo griego, proceso de pasokización, en el cual los dos grandes partidos de izquierda y derecha (PSOE-PP) pacten un gobierno de unidad nacional. Esta imposibilidad se debe a que sus adversarios, tanto Podemos como Ciudadanos, no representan en términos de poder relativo (votos) una amenaza al sistema. Como en su momento fue Syriza de Alexis Tsipras  que obligó a la unión de los partidos tradicionales griegos (Nueva Democracia y Pasok).

Sin embargo, más allá de los resultados electorales, los posibles pactos, el proyecto de gobierno y quien será el próximo presidente los desafíos que enfrenta España requieren de un liderazgo abierto, que busque el consenso, predispuesto a negociar, dado a la inclusión de los que piensan distinto, y a la materialización de soluciones eficaces, así no sean de su partido. Todo esto con el fin de lograr viabilizar reformas estructurales y de fondo que mejoren la vida de los españoles, eviten la precariedad laboral, reactiven decididamente la economía, generen empleo para los jóvenes, combatan la evasión fiscal, blinden y garanticen los programas sociales, educación, salud y seguridad social, desmonten un sistema de corrupción institucionalizado y mantengan el equilibrio macroeconómico. Además de dar una solución legítima y concreta al independentismo catalán (referéndum), reposicione y democratice gradualmente a la Unión Europea y controle la amenaza terrorista (ISIS). Ante estos gigantescos objetivos de carácter multidimensional se necesita un liderazgo que convoque a la realización de pactos de Estado a todos los partidos, que tome medidas impopulares pero beneficiosas a largo plazo, que sueñe pero que mantenga los pies sobre la tierra, que tenga  legitimidad por sus convicciones pero sin perder el pragmatismo y el realismo.

En otras palabras, se requiere un nuevo Felipe González debido a que en su momento este gran socialdemócrata supo conjugar de manera armónica el pasado franquista de la transición con las fuerzas modernizadoras y democratizadoras que pedía a gritos su país. Casi 16 años después de su último mandato y 34 años después de su primer gobierno España se enfrenta ante un desafío de renovación política y modernización que no significa la ruptura total y la refundación, ni mucho menos el gatopardismo. Sino una vez más la armonización entre la transformación y la preservación, para lo cual es imprescindible un liderazgo con visión estratégica, carácter de Estado, inteligencia, que entusiasme a la gente y no tema a las mayorías. Tal vez ni Rajoy con su continuismo, ni Pedro Sánchez con sus indecisiones, ni Pablo Iglesias con su ruptura desmesurada ni mecho menos Albert Rivera con su oportunismo le lleguen a los talones a Felipe González. Pero, definitivamente, después de las elecciones sus liderazgos tendrán que cambiar para que todo un país no les pase por encima, y tener la valentía y  voluntad política de impulsar los cambios necesarios, sentarse a dialogar, negociar por el bien de España y entusiasmar una vez más al pueblo ibérico con un futuro mejor.

En conclusión, los grades liderazgos en política no son necesariamente los impolutos, los ideológicos, los sectarios, ni los virginales, ni mucho menos los que no caen en contradicciones. De hecho si hay una palabra que pueda englobar la acción política es entrar en contradicción entre los principios y la realidad, entre lo que se quiere y lo que se puede. Por lo tanto, los grandes liderazgos políticos son aquellos que han trasformado para mejorar a sus países con conductas democráticas, posicionando siempre a su pueblo por encima de sus apetitos politiqueros. Y, sobre todo, que las dimensiones de dichos cambios sean legítimas hasta el punto de que la propia oposición cuando forme gobierno los mantenga y perfeccione, porque fueron hechos en beneficio del país y no de una mafia en el poder. Felipe González más allá de sus claroscuros, defectos, errores, sombras y críticas lo hizo en su época, España reclama un liderazgo de tales dimensiones para el 2016.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec