lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobre la reelección indefinida




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) - Comienzo esta reflexión, análisis, opinión o como gusten ustedes etiquetarlo con una afirmación que considero inapelable: No existe un solo político, un solo académico, un solo analista, un intelectual, e inclusive un solo ciudadano en el mundo, con la legitimidad suficiente que pueda afirmar que la reelección indefinida es inherentemente perversa o consustancialmente beneficiosa para la democracia. La reelección presidencial, así como de otras dignidades electas por el pueblo, son alternativas institucionales en la configuración de un régimen  político en la búsqueda democrática del poder. En otras palabras, se supone que una sociedad en su diversidad, siguiendo la lógica abstracta del contrato social, se pone de acuerdo en los parámetros y lineamientos mínimos para su convivencia; entre ellos las reglas, límites y oportunidades para la disputa del poder y la autoridad pública. Dicho sea de paso han tenido que pasar siglos para que la lucha por el poder no sea a través de las armas, la sangre, el sufrimiento, la fuerza bruta, los linajes reales, el poder militar, ni las elites rapaces; sino por los votos que expresan la voluntad del pueblo. Aclarando que el derecho al voto y a la representación es una parte fundamental e insustituible de la democracia, pero no abarca toda la democracia.


El debate en torno a la relección indefinida ha primado en la última década, especialmente en Latinoamérica, debido a que las nuevas fuerzas de “izquierda” han consumado o planteado cambios constitucionales para permitir la reelección sin límites de sus líderes políticos como son el caso de Maduro en Venezuela –en su momento Chávez-, Daniel Ortega en Nicaragua, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia. Es importante mencionar que en sistemas políticos parlamentarios, como son en su mayoría los europeos, no existen límites de postulación, ni en el ejercicio del cargo para presidente o primer ministro. Tal es así que Felipe Gonzales fue presidente por 14 años ininterrumpidos en España (1982-1996), al igual que la señora Merkel quien lleva 10 años en el poder. En Estados Unidos históricamente existe una sola posibilidad de reelección presidencial, en Colombia durante el mandato de Uribe se permitió la reelección por un solo periodo más, pero Santos la canceló. Otros ejemplos como son los casos chileno, uruguayo y peruano no existe la posibilidad de una reelección inmediata, y en México el presidente solo puede estar por un sexenio sin la posibilidad de reelegirse inmediatamente, ni saltando un periodo. En Zimbabue Robert Mugabe lleva en el poder 35 años, desde 1980, y recientemente a sus 91 años fue reelegido; aunque su régimen no puede ser catalogado como un ejemplo de un sistema genuinamente democrático.

Por consiguiente, la reelección sea esta indefinida o no es un arreglo institucional en el sistema político para configurar las posibilidades de acceder al poder que es multidimensional, posee diversas características, depende de las especificidades y particularidades de cada país, y, sobre todo, tiene diferentes variantes en su implementación. Por ejemplo, existen regímenes políticos en los cuales está expresamente prohibida la reelección presidencial en cualquiera de sus formas, México. Otros arreglos institucionales, como el caso de Uruguay, permite la reelección sin límites, pero saltando un periodo, es decir no inmediata. Otra variante acontece en Argentina donde existe la reelección inmediata por una sola vez y abierta, como Cristina Fernández o Carlos Menem quienes fueron elegidos por dos mandatos consecutivos, pero no pudieron presentarse para un tercero, sin embargo saltando ese periodo pueden volver a ser candidatos. En contraposición, la reelección inmediata por una sola vez y cerrada se refiere al sistema político en el cual si un presidente es reelecto no podrá presentarse más como candidato, como es el caso estadounidense. También se encuentra el caso hondureño donde solamente se permite una sola elección y cerrada, es decir el presidente no podrá volver a candidatearse así sea para un solo periodo, aunque haya existido otra elección y otro gobierno en los que no participó. Y, finalmente, se encuentra le reelección indefinida en la cual el presidente en ejercicio puede ser reelegido sin ningún tipo de limitaciones, cuantas veces se presente como candidato y la sociedad le favorezca con su voto, caso venezolano. En otras palabras, las reelecciones pueden tener todo tipo de formas y características; ya que son arreglos de poder para precisamente disputar el poder. Pero definitivamente dependen e influencian el sistema institucional, el equilibrio de poderes, el sistema político, la duración del mandato, la cultura política, la tradición institucional, la correlación de fuerzas y debilidades, el contexto social, político y económico, el sistema de partidos, la perdurabilidad de un proyecto, el sistema electoral, la legitimidad, la competencia electoral, la sucesión, el personalismo y los estímulos (premio-castigo).  

Específicamente en lo concerniente a la reelección indefinida existen dos perspectivas hegemónicas en su interpretación, análisis y valoración; la cuales son claramente antagónicas y serán analizadas a continuación. En primer lugar, está la posición que considera a la reelección indefinida como un lastre, una amenaza y un retroceso para la vigencia de un régimen verdaderamente democrático. Sus razones se sustentan básicamente en que reelegir indefinidamente a un líder o lideresa impide la alternabilidad en el poder, ya que por más mayoría de votos es un arreglo institucional que perpetua a un líder político. Igualmente, se considera un método perverso porque posiciona en la sociedad la infalibilidad, omnipresencia y omnisapiencia de una persona específica en el poder, es decir un presidente imprescindible e insustituible para el proyecto político, para el proyecto de país  y para la supervivencia de su ideología u organización política. Otra razón radica en la instauración de un caudillismo, personalismo y mesianismo institucionalizado al privilegiar la permanencia de liderazgos únicos en las instituciones y partidos políticos, en detrimento de oportunidades para los nuevos cuadros, líderes, las nuevas generaciones, y la participación ciudadana.

En la misma lógica se expone que la reelección indefinida destruye la división y equilibrio de poderes, además de erosionar la institucionalidad y gobernabilidad democrática. Dado que el ejecutivo se acostumbra a mandar, no permite la expresión de la diversidad y la renovación en las instituciones, maneja discrecionalmente la administración pública y los recursos, y se vuelve hegemónico ante el legislativo y el poder judicial que son cuerpos colegiados en constante cambio. También reelegir sin límites a un político viabiliza y posibilita la hegemonía absoluta de un movimiento político en un país, lo cual genera las condiciones estructurales para que el partido se superponga al Estado, el Estado parcializado a la sociedad plural y el presidente constantemente reelecto a la voluntad popular. Finalmente, se hace referencia a que un líder o movimiento político enquistado por largos periodos de tiempo en el poder cambia las reglas de juego, las instituciones y las normas a su favor y en detrimento de los líderes y movimientos opositores para garantizar su perpetuidad en el poder. De tal modo que emana una “mafia de poder” que tiene miedo a perder sus privilegios y recursos, además de tener pánico a perder el poder por las acusaciones, juzgamientos, revanchas y la impunidad sembrada en todos los años de hegemonía. Además de cambiar la constitución que ellos mismos hicieron, para su propio beneficio y en medio del partido.

En segundo lugar, se encuentra el paradigma que señala a la reelección indefinida como una fuerza democratizadora que expande los derechos de los ciudadanos, impide la exclusión de cualquier persona al permitir sin restricciones su elección, y legitima absolutamente la soberanía popular que es la piedra angular de una democracia. Esta visión se fundamenta principalmente en que la reelección indefinida es solo una posibilidad de competencia electoral, ya que no elige directamente a ningún candidato, no garantiza en ninguna forma la reelección de una autoridad, no pone a ningún líder en el poder, no reelige a ningún presidente y, por ende, no perpetua a nada ni a nadie. Es solamente una posibilidad que evita discriminaciones sin sentido y que finalmente son los ciudadanos con su voto los que reeligen u optan por una alternativa diferente. En otras palabras, se da preeminencia al poder constituyente, que es el pueblo soberano, para que decida sin ambages quien debe ocupar la presidencia, por lo cual estar en contra de la reelección indefinida es tener miedo a la democracia y a la voluntad popular. Otra razón se sustenta en la viabilidad, perdurabilidad y sostenibilidad de un proyecto político y un proyecto de país exitoso, por lo cual si la sociedad está conforme con lo realizado por un gobierno y quiere reelegir a su presidente para garantizar la permanencia del proyecto, no debería existir ningún impedimento. También se apela al argumento que hace énfasis en la alternabilidad como un valor “burgués” porque este pone límites innecesarios y discrimina la materialización plena de la democracia participativa.

En la misma tónica, se trata de legitimar la reelección sin límites de un presidente dado que en contextos institucionales frágiles, caracterizados por condiciones de subdesarrollo, pobreza y exclusión. Y, sobre todo, en países donde han existido procesos democráticos de desarrollo que han permitido una mejor calidad de vida para la población, redistribuir la riqueza y sembrar las bases para una sociedad más justa e incluyente existen liderazgos que son necesarios y trascendentales para asegurar la continuidad del proyecto y evitar “la restauración conservadora” del neoliberalismo y las elites oligárquicas. Finalmente, también se pregona que la reelección indefinida permite a los ciudadanos premiar o castigar a la gestión de un presidente de manera clara, contundente y periódica. Por ende,  no habría que tener miedo a que los ciudadanos se expresen ya que si un primer mandatario –por más reelecciones y años que este en el poder- lo hace mal no podrá ganar ni volver a reelegirse.

Un dato curioso con respecto a la reelección indefinida, es el caso ecuatoriano, en el cual el Presidente Correa a través de su mayoría legislativa pretende enmendar la constitución para dar paso a este arreglo institucional de poder, pero ha propuesto incluir una transitoria que viabilice la implementación de esta medida desde el año 2021. Es decir que para no favorecerse a sí mismo la enmienda aprobada no entrará en vigor en las elecciones del 2017, por lo cual Correa no podrá presentarse. Ante este hecho, de reciente conocimiento, en el Ecuador existen diversos cuestionamientos  de la ciudadanía y la opinión pública: ¿Por qué el presidente no hizo esta aclaración desde el año 2014 cuando se inició el debate en el país sobre esta medida? ¿Qué garantiza que la Corte Constitucional, que aprobó la constitucionalidad de las enmiendas, se pronuncie en contra a posteriori de esta transitoria, lo cual viabilizaría la vigencia de la reelección indefinida en el 2017, y de Correa como candidato si es que se comprueba que su candidato escogido no despega? ¿Es esta transitoria una puerta giratoria para que el Presidente Correa deje pasar un periodo, que seguramente se caracterizará por condiciones económicas y políticas no favorables, para no tomar decisiones difíciles, evitar perder su popularidad y garantizar su regreso triunfal en el 2021? ¿Es la transitoria una garantía política de regreso inmediato en el caso supuesto de que el ejecutivo (de Alianza País) y el legislativo (con mayoría de oposición) entren en una pugna de poderes, y se llame a una muerte cruzada (nueva elección) en la que Correa regrese como adalid de la gobernabilidad? Estas y otras preguntas sin respuesta se irán poco a poco dilucidando ante el devenir de los hechos. Sin embargo, concuerdo con Correa al afirmar que ante una oposición mediocre, sin discurso, y atomizada cualquier candidato que presente compite solito y queda segundo.

En conclusión, la reelección indefinida sin ningún tipo de limitaciones tiene dos perspectivas claras y que se encuentran en las antípodas una de la otra, bien sea como un retroceso democrático o como una ampliación de la democracia. Por lo tanto, para este autor la única conclusión válida y legítima es ratificarme en lo expuesto en el primer párrafo de este análisis: No existe ningún líder, político, intelectual o ciudadano que pueda decir que su postura –a favor o en contra- es la correcta. Sin embargo, nunca me he caracterizo por no dar soluciones ni definiciones; por lo cual propongo la siguiente alternativa ante semejante encrucijada filosófica, académica, política y electoral que consiste en lo siguiente: El único ente colectivo con suficiente legitimidad, credibilidad y soberanía para zanjar y decidir esta problemática democrática es el pueblo en su conjunto, son los ciudadanos en su diversidad, la gente de un país cualquier sea este, que tiene que optar por una de las dos alternativas a través de un referéndum para legitimarlas. Cualquier otro camino podrá tener legalidad pero jamás legitimidad ante un tema tan complejo y controversial, porque nadie ni nada puede suplantar la voluntad del pueblo. Y aun así después de que la gente decida, sea el resultado en contra o a favor, todavía habrán muchos quienes juzguen tal decisión como favorable o desfavorable. Pero con una grandísima diferencia, la cual se sustenta en que si existe un ente social, político y colectivo que puede darse el lujo y tenga el derecho de equivocarse, repito tanto a favor como en contra de la reelección indefinida, es el pueblo a través del voto.

Finalmente, la gente en política es el único soberano que votando y equivocándose está exento de culpa, mas no de responsabilidad, y se tiene que acatar la voluntad popular duélale a quien le duela. Entonces que la gente debata, delibere, contraste, vote y decida! Es el camino a seguir, ¿Cuál es el drama? ¿Cuál es el miedo? Evo Morales y Chávez –aunque este último perdió la primera vez que consultó al pueblo al respecto- lo comprendieron muy bien y optaron por el camino de la legitimidad popular, lástima que otros tengan miedo!

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec