lunes, 30 de noviembre de 2015

DANIEL ORTEGA: De combatir a encarnar a Somoza




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.


(Por Andres Gomez Polanco *) -  De comandante guerrillero a caudillo autoritario. De noble revolucionario a pragmático mafioso. De padres humildes a dueño del país. De romántico idealista a patriarca del establishment. De usar las armas para buscar el cambio político a instaurar un estado policial para mantener el statu quo. De ser anti-imperialista y anti-yanqui a vender su país al capital chino. De seguir la doctrina de la teología de la liberación, la libertad y la justicia social a tener como única convicción la lógica del poder por el poder. De insurrecto e insubordinado contra el Estado a personificarlo cual mesías redentor. De luchar contra una dinastía dictatorial, como fue la de los Somoza, a configurar una nueva dinastía familiar y gansteril. De luchar por la reivindicación de los pobres a comprarlos y cooptarlos a través del clientelismo y la amenaza. Es así como Daniel Ortega, actual presidente de Nicaragua, se ha transformado desde 1979 -año en que triunfó la revolución- de líder sandinista a contradictoriamente encarnar lo que combatió, y por lo que miles de nicaragüenses perdieron sus vidas: EL NUEVO SOMOZISMO EN NICARAGUA.


Desde 1936 a 1979 una sola familia terrateniente, económicamente hegemónica y acompañada de una oligarquía local e internacional conservadora dominó directa e indirectamente los destinos políticos, sociales, economicos y geopolíticos del pueblo nicaragüense. Esta familia instauró la dinastía dictatorial y sanguinaria de los Somoza que rigió a sangre y fuego a la sociedad, como si Nicaragua fuera su hacienda, el pueblo sus esclavos y ellos señoritos feudales europeizados destinados por la gracia de su “linaje” y apellido a sucumbir los destinos de su país a las catacumbas. Primero fue el abuelo Anastasio Somoza García (1937-1947; 1950-1956), después su hijo Luis Somoza Debayle (1956-1963), y posteriormente su nieto Anastasio Somoza Debayle (1967-1972; 1974-1979) quienes dictatorialmente dirigieron mediante el miedo, la masacre, la represión y la exclusión la vida de millones de personas indefensas. Hasta que en 1979 triunfó la revolución sandinista encabezada por Daniel Ortega, la cual a través de las armas derrocó al régimen somozista con la promesa de democratizar al país en términos no solo políticos, si sobre todo, sociales, economicos y culturales.

Más de 50 000 personas murieron durante la guerra civil nicaragüense, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) tuvo que soportar durante su periodo en el poder (1979-1990) innumerables boicots, ataques paramilitares de los “contras”  financiados por Estados Unidos y se sumergió en el ajedrez geopolítico de la Guerra Fría con el apoyo de la URSS. A pesar de realizar programas sociales, proyectos de desarrollo, iniciativas para redistribuir la tierra y la riqueza, expropiaciones a los grandes terratenientes y construir instituciones. El nuevo conflicto interno entre el FSLN y “los contras” sumergió al país en el caos, el desorden, más pobreza, desolación y miedo. Por ende, dada la correlación de fuerzas y debilidades el FSLN no pudo instaurar un régimen comunista como el cubano, y tuvo que convocar a elecciones presidenciales que en primera instancia ganaría arrolladoramente (1984). Pero que en 1990 los sacaría del poder al perder contra la Unión Nacional Opositora encabezada por Violeta Chamorro.  

Después de 16 años fuera del poder y perder dos elecciones presidenciales (1996 y 2001) Daniel Ortega ganó las elecciones en el 2006 y volvió al poder. Sin embargo, el país había cambiado los gobiernos neoliberales habían estabilizado la macro-economía, desmovilizaron a los paramilitares, pacificaron el país y abrieron la economía. Al mismo tiempo dichas reformas mantuvieron los niveles históricos de pobreza, exclusión y marginalidad. No permitieron la generación y consolidación de instituciones democráticas en el país. La corrupción se trasformó en una forma de gobierno y el sistema político no tenía ninguna legitimidad. Por consiguiente, el retorno de Ortega en el 2006 tuvo como gran responsable a la clase política tradicional nicaragüense que no realizó las reformas necesarias, se vendió al neoliberalismo y se deslegitimó a sí misma. En este contexto reapareció Ortega con un FSLN fragmentado, atomizado y dividido; suavizando su discurso revolucionario de antaño y recurriendo a una demagogia religiosa para ganar. Por lo tanto, no era el mismo Ortega el que asumía el poder, no era el guerrillero revolucionario –equivocado o no-, no era un transformador, ni siquiera un reformista el que ocupaba el sillón presidencial; sino simplemente un vulgar oportunista que nunca más quería perder el poder.

Tal es así que a toda costa Ortega ha institucionalizado un modelo mafioso de gobierno construyendo una hegemonía de su partido, pero especialmente de su familia, en todos los ámbitos del país con el único objetivo de controlar absolutamente el poder. Por ejemplo, ha politizado el ejército poniendo sus cuadros en posiciones estratégicas e ideologizando a la tropa, ha cooptado ilegalmente las instituciones democráticas, ha destruido la independencia del poder judicial, ha creado reformas constitucionales para perennizarse en el poder y dificultar el ejercicio de la oposición y ha criminalizado la protesta social. Además ha cooptado y ha posicionado como directores de los principales medios de comunicación, de las principales industrias, tierras, empresas e instituciones del Estado a sus hijos, sobrinos, primos, cuñados, yernos, miembros de su círculo político, hermanos y amigos. Sin mencionar que su esposa, Rosario Murillo, de manera ilegítima es el poder tras el poder que ordena, elige y dispone las leyes, normas, contratos y el presupuesto. En otras palabras, el ex revolucionario sandinista al más puro estilo del capitalismo salvaje ha privatizado a Nicaragua no a una empresa, no a una multinacional, ni siquiera al imperio, sino en favor de la familia Ortega.

Finalmente, en un país reinado por el zar Ortega es muy difícil que se investiguen las acusaciones de corrupción y sus componendas ilegales para garantizar su continuidad en el poder y la impunidad con sus otrora adversarios (Ricardo Alemán). Es casi imposible que el pueblo nicaragüense reduzca la pobreza, tenga oportunidades, alcance el desarrollo y viva con dignidad cuando una familia es su dueño repartiendo migajas clientelarmente y reprimiendo cuando esta práctica no funciona. Es una misión casi suicida llevar ante tribunales independientes y que respeten los derechos humanos a Ortega para que se investigue su responsabilidad o no en un intento de violación a su hijastra, sus supuestos nexos con el narcotráfico en los años 80 con el cartel de Medellín de Pablo Escobar, y mucho menos, competir democráticamente por una alternativa que saque a Nicaragua del abismo. Pero los grandes hombres y mujeres en la historia nunca la han tenido fácil para realizar los grandes cambios, porque lo imposible solo requiere un poco más de esfuerzo. Esto no se trata de derechas, izquierdas, ser revolucionario, ser imperialista, ser neoliberal, ser socialista del siglo XXI o ser pro o anti yanqui. Simplemente se trata de Nicaragua versus una mafia en el poder.  

En conclusión, tal como lo afirma el gran poeta sandinista –este si coherente, honesto y ético más allá de sus ideas políticas- el perseguido octogenario Ernesto Cardenal “Daniel Ortega traicionó los ideales de la revolución y ahora lo que hay, es una simple dictadura familiar”. Que contradicción! Que contrariedad! Que incoherencia! que el personaje que un día luchó por derrocar un régimen dinástico ahora instaure una dictadura que solo ha cambiado el apellido hegemónico. Cuánta razón tenía el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt cuando ante la crítica de sus asesores por respaldar a un sátrapa como Somoza decía “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Al parecer Daniel Ortega debe ser, más allá de los apellidos y el grado de consanguinidad, un descendiente innato de los Somoza por méritos propios ad honorem.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec