miércoles, 21 de octubre de 2015

La paz en Colombia radica en el posconflicto




El presente artículo es publicado en EquilibrioInternacional.com bajo la expresa autorización de su autor.

(Por Andres Gomez Polanco *) -
Indudablemente la reelección del Presidente Juan Manuel Santos fue un paso fundamental para continuar el camino de las negociaciones con la guerrilla de las FARC con el fin superior de alcanzar la paz en Colombia, en contraposición al militarismo extremo que tenía el candidato uribista, Oscar Iván Zuluaga, lo cual hubiera acabado con la posibilidad de una salida negociada al conflicto interno. Sin embargo, si bien es cierto la victoria electoral de Santos podría significar la consecución de un acuerdo de paz concreto y limitado con las FARC así como la firma de paz con la segunda guerrilla del país el ELN, estos pasos aunque imprescindibles e irremplazables para poner fin a un conflicto armado interno que asola a la sociedad colombiana por más de 50 años, no significan la consecución de una paz integral y perdurable, esta última radica en la construcción del posconflicto.


La configuración del posconflicto es un desafío a mediano y largo plazo para el Estado y la sociedad colombiana debido a que este proceso debe ser de carácter multidimensional, integral e inclusivo para solidificar una paz verdadera. Por ende, la edificación del posconflicto tiene que sustentarse en las causas que dieron origen al conflicto armado así como en sus consecuencias como por ejemplo: la atención prioritaria y la inclusión de 400.000 refugiados y cuatro millones de desplazados internos, garantizar el derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación de las familias de las más de 220.000 personas que  han sido asesinadas y de las 25.007 desaparecidas.

Igualmente, el posconflicto debe enfocarse en acabar con la inequidad en el acceso a la tierra debido a que de las 114 millones de hectáreas existentes en Colombia, de las cuales 51,3 millones se consideran como superficie agropecuaria, de cuyo total 36 millones están dedicados a la ganadería extensiva, expresión tradicional del poder de ganaderos, terratenientes y narcotraficantes.Solamente 10 millones de hectáreas son aptas para la agricultura, y mientras la mitad se dedica a actividades agroindustriales, en el resto (laderas y en zonas bajas tropicales) subsisten millones de campesinos que no tienen títulos de propiedad, ya que el 85% de los habitantes del campo carecen de dichos títulos.Además se debe terminar con la monstruosa desigualdad en las regiones rurales que se demuestra al constatar que un exiguo 0,43% de los propietarios (grandes latifundistas)  son dueños del 62,91% del Área Predial Rural, al tiempo que el 57,87% de los propietarios (minifundistas y pequeños propietarios), tiene un ridículo 1,66% de acceso a la tierra.

Por consiguiente, en términos generales la construcción del posconflicto que viabilice la emanación de una paz verdadera que no sea solamente fruto de la reconciliación nacional sino también de la justicia debe basarse en tres enfoques estratégicos. En primer lugar, el Estado colombiano tiene la obligación y la responsabilidad política de por primera vez en su historia republicana hacer presencia institucional, controlar y tener el monopolio del uso de la fuerza legítima en la integralidad de su territorio nacional, lo cual no solo significa el desplazamiento de efectivos militares y policiales a las extensiones rurales que actualmente son controladas tanto por las FARC como por el ELN; sino sobre todo consolidar la presencia institucional del Estado de manera integral a través de la creación de escuelas, colegios, hospitales, infraestructura, acceso a la justicia, la creación de mercados y la masificación de servicios y bienes públicos. En otras palabras, en el desarrollo del posconflicto el Estado colombiano no solo debe hacer presencia militar en las áreas afectadas por el conflicto sino crear oportunidades, bienestar y justicia social para legitimarse a sí mismo y a la paz.

En segundo lugar, el posconflicto requiere el establecimiento de Políticas de Estado sostenibles en el tiempo, pragmáticas y eficaces tanto sociales como económicas para generar inclusión productiva, oportunidades y bienestar social a los millones de pobres que el conflicto interno ha generado debido a que ningún proceso de paz exitoso puede ser perdurable rodeado de miseria, desigualdad, inequidad y marginación. Por lo tanto, es determinante la realización de una reforma agraria integral que no solo redistribuya la tierra en favor de los pequeños y medianos campesinos sino que también sea productiva, tecnológica y financiera para que los campesinos sean integrados a los mercados tanto nacionales como internacionales. Igualmente, es de trascendental importancia la configuración de políticas sociales focalizadas hacia los sectores más vulnerables de la sociedad en términos de acceso a una vivienda, a la salud y educación pública gratuita y de calidad, así como la generación de empleos y emprendimientos. De esta manera la paz no solamente significará el cese de muertes, secuestros, masacres y desapariciones sino la posibilidad de justicia, inclusión, desarrollo y dignidad para el pueblo colombiano.

En tercer lugar, la perdurabilidad de la paz necesita un posconflicto que construya una democracia plural, diversa e incluyente donde los actores del conflicto desmovilizados (guerrillas FARC y ELN) y que hayan pasado el proceso de justicia transicional tengan toda la libertad, tolerancia y apertura de las instituciones democráticas colombianas para su legítima participación política.Para tal propósito las instituciones democráticas colombianas no deben estar secuestradas por poderes facticos fanatizados que persigan políticamente a los nuevos actores como ocurrió recientemente con el Alcalde de Bogotá Gustavo Petro (ex guerrillero del M-19) quien a pesar de haber ganado legítimamente una posición de poder a través de elecciones democráticas trató de ser destituido por medio de medidas administrativas por la Procuraduría del Estado. También el Estado colombiano tiene la obligación de garantizar la seguridad de los nuevos actores políticos para evitar que los enemigos de la paz (grupos paramilitares no desmovilizados) asesinen selectivamente o inicien un exterminio político como ya ocurrió en la década de los 80 con la organización política de la Unión Patriótica. Si la democracia colombiana logra superar estos desafíos del posconflicto una paz perdurable será posible, caso contrario la obstrucción y exclusión de la participación política de los actores armados desmovilizados será el germen de un nuevo conflicto interno armado.

Finalmente, la paz en Colombia después de 50 años de un cruento conflicto que solamente ha dejado muerte, pobreza, desigualdad y exclusión no depende exclusivamente del éxito de las negociaciones entre el Estado y las guerrillas sino en la voluntad política de toda una sociedad de afrontar los desafíos causales del conflicto y darles solución, por ende la construcción verdadera de la paz radica en el posconflicto.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco. Politólogo. Quito, Ecuador. asgomez@udlanet.ec