martes, 18 de agosto de 2015

Liderazgo político para ganar




(Por Andres Gomez Polanco *) - Sin lugar a dudas, las grandes trasformaciones político-sociales no se pueden reducir ni minimizar al protagonismo y preponderancia de un líder o lideresa, cuando es así, no son transformaciones, ni mucho menos grandes, y perecen cuando el líder desaparece. Los grandes cambios políticos en las colectividades son el producto de los procesos y relaciones sociales, de las dinámicas transindividuales, las interacciones, la interdependencia e inclusive de las contradicciones, en otras palabras para bien o para mal son construcciones colectivas. Por lo cual, sería totalmente cantinflesco y erróneo aseverar que la Revolucion Bolchevique en 1917 dependió totalmente de la figura de Lenin, o que la primacía francesa en el siglo XVIII se debió exclusivamente al aparecimiento de Napoleón Bonaparte, o más risible que el fin del comunismo fue el resultado del liderazgo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Sin embargo, los hombres y mujeres que lideran procesos políticos de transformación, si bien es cierto no son suficientes para el desarrollo de los acontecimientos políticos, si son absolutamente necesarios. Por lo tanto, el liderazgo en política, especialmente en lo relacionado a temas electorales dentro de una democracia liberal-formal, es esencialmente insustituible para asaltar los cielos –tomar el poder pacíficamente- más aun en sociedades de consumo donde la información, la imagen, la tecnología, la comunicación y el personalismo son normas sociales imperantes.

Es por ello que la necesidad de líderes y lideresas en los procesos de trasformación política es un elemento irremplazable, ya que permite la visibilización de los problemas, diagnósticos, soluciones y alternativas en una persona que sabe transmitirlos, que sabe explicarlos, que posee la virtud de convencer y persuadir, que tiene la capacidad de movilizar, que genera confianza y esperanza. Pero, sobre todo, una persona que engloba y encarna el proceso y la lucha política en marcha. Por lo tanto, la personalización en mayor o menor medida de los fenómenos políticos no es necesariamente una progresión gradual hacia el caudillismo –el cual ocurre ante la ausencia de instituciones, estado de derecho, una sociedad civil fuerte, en si ante el vacío de una democracia consolidada- sino una realidad electoral incuestionable en la cual además del proceso político, las personas se identifican muchísimo más con los líderes que con las ideas, prefieren las emociones a las razones y la pasión al análisis crítico.

Y esta preponderancia de las emociones y las pasiones no debe ser entendida como la degradación de la política, ni como la prevalencia de la barbarie sobre la racionalidad universal, ni mucho menos como el triunfo de la anti-razón y el populismo frente a la democracia y la modernidad. Este tipo de diagnóstico trasnochado y fallido de ciertas elites económicas, académicas, intelectuales, partidistas y políticas simplemente demuestra su incapacidad para entender la realidad político-electoral, y esta falta de estrategia y táctica los condena al fracaso eterno, ya que se niegan a combatir al adversario donde realmente este puede ser derrotado. Es precisamente en este escenario donde un liderazgo fuerte, inteligente e innovador es trascendental pasa asaltar los cielos, para concretar y materializar el proceso político en realidades electorales competitivas y ganadoras porque la espectacularización de la política, la creación de identidades, la movilización de pasiones y emociones, y la configuración de una verdadera alternativa política no se construyen, en términos eficaces, sobre ideas abstractas, argumentos tecnocráticos o preceptos ideológicos; sino sobre un liderazgo democrático preponderante. Esto es así debido a que lamentable o favorablemente en política no hay que tener la razón para realizar las grandes transformaciones, sino que hay que tener éxito, y para tal objetivo en una democracia procedimental-electoral la preeminencia de un hombre o una mujer que lidere el proceso político es una condición sine qua non para tener éxito.

Por ejemplo, a pesar de las limitaciones económicas, los fracasos desastrosos en términos de seguridad ciudadana, el desabastecimiento, el autoritarismo, el desmantelamiento de la institucionalidad democrática y un sinnúmero de estupideces por el estilo, el liderazgo carismático, social y político del ex Presidente Hugo Chávez en Venezuela fue incuestionable, sin parangón y ganador electoralmente. De nada servían, sin desconocer las limitaciones por el abuso de poder, las propuestas, ideas y alternativas de liderazgos poco cuajados en los sectores populares y la clase media como los de María Corina Machado, Leopoldo López o Henrique Capriles. La clave del chavismo fue el liderazgo hegemónico de Chávez, así como también este elemento será su calvario ya que Maduro es un enano político ante el cual Capriles si representa una alternativa en términos de liderazgo.

Otro ejemplo es el caso de Rafael Correa donde más allá de sus aciertos y errores ha quedado claro que su proyecto político empieza y termina con él, que ha fracasado en la creación de un sistema político que haga perdurable su proyecto más allá de su presencia, por tal motivo las enmiendas constitucionales en pos de concretar la relección indefinida. Y en términos económicos la reducción sistemática en los precios internacionales del petróleo debilita los cimientos y la sustentabilidad de su modelo extractivista-desarrollista. Sin embargo, su liderazgo no ha sido eficazmente cuestionado en términos electorales, porque la oposición después de casi 9 años tiene como su mejor liderazgo a un ex banquero sin carisma, sin capacidad de movilizar emociones ni pasiones, sin habilidad para construir identidades y sin la jerarquía para edificar fronteras políticas que presente un proyecto de país como una verdadera alternativa al correismo.

Por ende, si se quiere concretar un proceso político transformador verdaderamente democrático, con una genuina dignidad nacional, que genere justicia social y un desarrollo económico y productivo eficaz por supuesto que se necesita un proyecto, un programa multidimensional, el protagonismo colectivo de la sociedad en su diversidad, el respeto a la institucionalidad democrática y a las libertades, así como el empoderamiento de los más pobres y desamparados. Pero, igualmente se requiere de una mujer o un hombre que lidere ese proceso, que personifique las esperanzas, que su nombre sea sinónimo de cambio, que tenga la capacidad para transformar la indignación en proyecto político y alcance la victoria electoral.

Finalmente, este análisis no es una invitación ni una apología al caudillismo, ni pretende ser una aclamación desesperada al mesianismo ni al personalismo absoluto de un líder infalible y providencial ante el cual debemos ser sumisos e incondicionales, sino que tiene como motivación demostrar que nuestros adversarios se mueren de la risa cuando tienen que enfrentar electoral y socialmente a proyectos políticos sin liderazgos. No existe un mejor escenario para ellos que enfrentarse con pseudo líderes sin arraigo popular, que no conciben el papel de las emociones, las pasiones y la creación de identidades en política, los cuales no tienen la capacidad para espectacularizar la política ni transmitir eficazmente sus ideas. Mientras no se internalice y acepte la necesidad de este liderazgo preponderante que no tiene porque se ser anti-democrático y que, a la vez, puede representar principios, valores y ética pública los académicos, políticos, empresarios, partidos, movimientos sociales y ciudadanos que  rechazan esta propuesta sin pensar estratégicamente están condenados al fracaso.

En conclusión, el primer deber de un político, de un ciudadano, de una voluntad colectiva que tenga como objetivo transformar políticamente a su sociedad ES GANAR, quien desee seguir la ruta de la derrota pero permanecer virginal e inmaculado en sus prejuicios-principios puede dedicarse a escribir ensayos académicos, a diagnosticar que tan mal vamos en grades foros y conferencias universitarias, o a configurar extraordinarias soluciones teóricas que solo se quedan en el papel. Esa pureza “ideológica” para no reconocer la necesidad de liderazgos ganadores como complemento de los procesos políticos colectivos, NO COMO SU REEMPLAZO, solo puede ser entendida como la victoria estética de los perdedores, en la cual se prefiere guardar las formas, las apariencias, el sectarismo y los dogmas antes que atreverse a ganar. Por eso quien quiera arriesgase a ganar, quien quiera atreverse a asaltar los cielos, quien quiera ganar para transformar debe en consonancia con sus principios y convicciones LIDERAR PARA GANAR.

* Andrés Sebastián Gómez Polanco.
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Politólogo Edad: 24