martes, 28 de julio de 2015

Narcopopulismo




(Por Andres Gomez Polanco *) - La reciente fuga de Joaquín Guzmán Loera, más conocido como el “Chapo” Guzmán, ha retratado en su más clara expresión la ineficacia, corrupción, complicidad, falta de liderazgo y podredumbre del gobierno priista de Enrique Peña Nieto. Igualmente, ha demostrado la fragilidad del Estado de derecho, de las instituciones democráticas y del efectivo monopolio del uso legítimo de la fuerza por parte del Estado mexicano. Sin embargo, la fuga del Chapo utilizando un túnel de 1500 metros de la prisión de “máxima” seguridad del Altiplano también tiene como consecuencias: la ridiculización de las autoridades constitucionales mexicanas en todos los niveles y en todos los frentes, el empoderamiento del Chapo Guzmán como un “héroe” popular, la generación de leyendas y mitos populares que “realzan” la figura enigmática de este narcotraficante y el posicionamiento del Chapo como un referente “cultural” en el imaginario colectivo que se sustenta en la ley del más “vivo”.


La configuración en la mente de los ciudadanos mexicanos de su fuerza pública, gobierno, instituciones y de su clase política como caricaturas risibles dignas de un premio Príncipe de Asturias a la estupidez, frente a un Chapo Guamán que encarna el mito, la habilidad de un Robin Hood criollo para burlar a la justicia. Al “superhombre” que está más allá de las leyes y el ídolo de los desposeídos que solo ven al Estado como un ente ineficiente que engendra corrupción y que defiende los privilegios de una elite rapaz. De esta manera se configura un fenómeno social, político y cultural denominado narcopopulismo, el cual se caracteriza por la deslegitimación de la política por la superioridad del crimen organizado, el cual desborda al Estado, erosiona las instituciones democráticas y resta credibilidad al imperio de la ley. Como consecuencia amplios sectores de la población e inclusive regiones enteras, como es el caso de Sinaloa en México, transfieren su lealtad al narcotraficante de turno que en base a una ficticia redistribución de la riqueza repartiendo tierras anteriormente despojadas, dinero en efectivo, comida, ganado, materiales de construcción, casas y demás formas de clientelismo se superpone al Estado; y gana legitimidad y apoyo popular entre la población. Además no solo a través de su gran poder económico ilegal capos como el Chapo y Pablo Escobar convierten ciudades y regiones enteras en sus fortines –Sinaloa y Medellín respectivamente- sino también por medio de su capacidad criminal de generar ilegalmente “orden”, “paz”, combatir la delincuencia común y resolver conflictos locales, es decir reemplazando a Estados ineficientes, débiles y frágiles.

En otras palabras, el narcopopulismo no solo que impide la consolidación democrática sino que, sobre todo, estandariza la violencia, la extorsión, el miedo, el dinero abundante y fácil, y la idolatría de un criminal como el camino eficaz para “resolver” superficialmente problemas angustiosos como la pobreza, la marginalidad, la exclusión, la falta de oportunidades y la desesperanza en los sectores más vulnerables de la sociedad. Tanto el Chapo Guzmán como Pablo Escobar han sido catapultados por la cultura popular como el atajo para la pobreza a través de los “narco-corridos” y los vallenatos que solo reflejan la decadencia de las elites, la clase política, el gobierno y el Estado para tener menos credibilidad y legitimidad que asesinos, criminales, secuestradores y narcotraficantes que los desafían sin ningún ambage.      

Sin embargo, el narcopopulismo tiene que ser detenido para evitar la progresión gradual de su poder hacia sectores cada vez más amplios de la sociedad, se tiene que impedir su capacidad de ingresar y corromper las instituciones democráticas, su posicionamiento como un Estado dentro del Estado. Y, sobre todo, su transfuguismo para debilitar el sistema político y presentarse como alternativas viables que patrocinan a outsiders con su dinero manchado de sangre y con su control territorial para realizar fraudes electorales. Si el narcopopulismo no es detenido poco a poco capturan electoralmente con sus tentáculos pequeñas alcaldías, regiones, representantes legislativos y son el poder tras el poder. Hasta el punto de plantearse un proyecto político nacional cimentado en la violencia y el narcotráfico, como los paramilitares colombianos liderados por Carlos Castaño en 1998, quienes pretendían tomarse el poder ante la pasividad del Estado.

Por lo tanto, el narcopopulismo puede ser derrotado mediante la inteligencia, la valentía política, recobrando la legitimidad de la clase política, de las elites y del gobierno a través de acciones concretas y eficaces para generar paz social, justicia, desarrollo e igualdad de oportunidades. Igualmente, el Estado en el combate legal de los capos del narcotráfico tiene que en primer lugar limpiar las instancias de justicia, la policía (municipal, estatal y federal) y la fiscalía donde el Chapo tiene gente infiltrada a su servicio. También el Estado mexicano, respetando los derechos humanos y las garantías fundamentales, debe de comenzar a jugar ajedrez y no macateta en el combate al crimen organizado. Solamente de esta forma a través de la legitimidad, el combate a la corrupción, el desarrollo y la inteligencia estratégica el Estado mexicano podrá desmitificar al Chapo Guzmán, recapturarlo y dejar de hacer el ridículo ante su propia población y ante la comunidad internacional.

Sin embargo, si eso llega a pasar, si el Chapo es recapturado, eso no significará el inherente fin del tráfico de drogas, como no ocurrió con la muerte de Pablo Escobar en 1993. Para ello la violencia y las balas han demostrado ser infinitamente ineficaces, por ende sigue vigente un cambio de paradigma en la lucha contra el narcotráfico que verdaderamente elimine el narcotráfico y la existencia de los narcopopulistas.

Andrés Sebastián Gómez Polanco.
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Edad: 24