miércoles, 8 de julio de 2015

¿Cómo construir una verdadera equidad social?




(Por Andres Gomez Polanco *) - La justicia social, la igualdad de oportunidades y la solidaridad sobre todo con los más humildes, los menesterosos, los excluidos de siempre, con los más pobres de entre los pobres, en favor de los humillados y marginalizados además de una obligación ética, espiritual y moral; es una necesidad política, social y económica imprescindible. Democratizar el acceso a la educación primaria, secundaria y universitaria de calidad, calidez, gratuita y masiva. Garantizar que el acceso a la salud no dependa de cuánto dinero se tiene en el bolsillo, respetar los derechos de las minorías étnicas, culturales y sociales. Respetar los derechos humanos, las libertades, los derechos laborales, a la naturaleza, configurar una seguridad social decente y promover la generación de oportunidades para trabajar, emprender y progresar son elementos fundamentales para generar desarrollo, cohesión y tranquilidad social, ya que la paz es fruto de la justicia.            

Indudablemente, una sociedad con grandes brechas sociales, desigualdades astronómicas y donde muy pocos de manera ilegítima y, muchas veces ilegal, monopolizan la riqueza, los medios de producción y las oportunidades; mientras una gigantesca mayoría se encuentra en el desamparo es inherentemente inviable, inmanejable y reúne todas las condiciones para el estallido social violento. Por ende, construir equidad y justicia social son objetivos políticos estructurales que toda comunidad política debe plantearse de manera sería, propositiva y perdurable porque el desarrollo, la sustentabilidad y una verdadera libertad no se pueden edificar sobre las bases de la miseria, la opulencia, la pobreza, la antipatía con la desgracia del prójimo y la indiferencia.

Igualmente, construir equidad no significa impedir el progreso material, la legítima movilidad social, las aspiraciones y anhelos de desarrollarnos individualmente, de emprender en términos empresariales, de innovar para romper paradigmas, crear riqueza a través del trabajo y alcanzar la prosperidad. La edificación de una verdadera justicia social no puede estar cimentada en el odio hacia el progreso del otro, en el revanchismo social, en la absurda y trasnochada lucha de clases y, menos aún, en la confiscación ni la arbitrariedad. Sino que debe ser la compaginación entre el derecho de las personas y sus respectivas familias a prosperar con su trabajo y los derechos de la comunidad y en ella de los más desamparados para que nadie se quede atrás. Debe ser el equilibrio perfecto entre garantizar masivamente los derechos sociales, económicos y colectivos en un contexto democrático sin obstaculizar ni desmantelar la iniciativa privada, la creatividad, el emprendimiento, la inversión, la seguridad jurídica y, mucho menos, el instinto de superación personal. En otras palabras, esta compaginación en pos de la equidad debe amalgamar en un solo objetivo y proyecto no excluyente la defensa y la lucha por vencer la pobreza y la exclusión en conjunto con la libertad personal y familiar para luchar por un futuro mejor.  

Sin lugar a dudas, este proyecto de equidad requiere valentía política, consenso social, visión a largo plazo e inteligencia estratégica por lo cual su configuración detallada requiere del estudio de las particularidades y especificidades de cada región, país y sociedad. Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad han quedado demostradas dos visiones de lo que no se debe hacer para construir equidad por sus estruendosos fracasos y profundización de las desigualdades. En primer lugar, se encuentra la visión atrasada del socialismo ineficiente, torpe y mundano que a través de simplificaciones y superficialidades como la lucha de clases, el estatismo exagerado, la polarización entre ricos y pobres y la confiscación frivolizan la realidad social, las verdaderas necesidades de la gente, el cumplimiento de sus sueños y la generación de oportunidades. Es verdad que debe existir un Estado fuerte y eficiente, no obeso ni totalitario, que garantice derechos y acceso a recursos y bienes públicos, pero el Estado en sí mismo no es el objetivo ni la meta para generar equidad, es solo un instrumento más al servicio de la comunidad porque el Estado no es más que la representación institucionalizada de la sociedad. Por consiguiente, no hay que confundir equidad con el engrandecimiento del Estado a través de grandes sueldos burocráticos, gastos ineficientes, clientelismo, corporativismo, instrumentalización de los pobres que generan única y exclusivamente una nomenclatura y elite política oligárquica. Es decir, el socialismo, el estatismo y la redistribución confiscatoria  irresponsable antes que generar condiciones mínimas para la prosperidad y la justicia social, configuran de manera demagógica el empobrecimiento generalizado y la miseria institucionalizada.

Por otro lado, el neoliberalismo o capitalismo salvaje es otra visión fracasada e inhumana en pos de la construcción de equidad debido a que la estrategia del goteo, la repartición de migajas a las grandes mayorías y la estandarización de la caridad y la responsabilidad empresarial como únicas fuentes de redistribución de la riqueza son mentiras y falsedades que solamente empoderan al mercado en desmedro de los seres humanos. La lógica del desastre que inspira a esta visión fracasada se sustenta en la mano invisible del mercado como motor exclusivo que según las capacidades, necesidades y la interacción de los agentes económicos generara riqueza y su distribución en un equilibrio natural y perfecto, lo cual es radicalmente falso. El mercado no reconoce a los más necesitados ni garantiza sus derechos, ni la creación de oportunidades para los menos favorecidos, únicamente visualiza agentes económicos y consumidores con poder adquisitivo para la producción, todos los que no cumplen este requisito son excluidos, olvidados y apartados.

Finalmente, no es cuestión de decir los pobres son pobres porque no trabajan o porque son “vagos”, ni tampoco para crear equidad es válido decir y pensar que todo el que tiene dinero es malo y debe sacrificar su patrimonio a través de un Estado confiscador para construir justicia social. Ambos paradigmas fracasados lo único que hacen es perennizar las desigualdades, impedir el desarrollo y generar resentimiento social porque son visiones fanatizadas, fundamentalistas y poco pragmáticas. En contraposición, la edificación de la verdadera equidad no necesita posiciones irracionales, sectarias y dogmáticas tanto del estatismo negligente como del neoliberalismo inhumano, sino que en un mundo globalizado y competitivo en términos laborales, financieros, tecnológicos, industriales y científicos se necesita tanto del mercado como del Estado como instrumentos de servicio para generar equidad y progreso, mas no como fines en sí mismos. Dado que la equidad no depende  del empoderamiento del Estado o del mercado, de una ideología fanatizada o de un partido político sino del empoderamiento de los ciudadanos, de los hombres y mujeres, es decir del empoderamiento de la sociedad, especialmente de los más humildes. Porque por el bien de todos, de los más pudientes, de la clase media, de los empresarios, de los profesionistas, de toda la comunidad primero, predilecta y preferencialmente los pobres; pero de manera inteligente y sin romper el tejido social.

* Andrés Gómez Polanco es Politólogo, graduado de la Universidad de las Américas (UDLA) Quito-Ecuador. asgomez@udlanet.ec