lunes, 8 de junio de 2015

Izquierda y derecha en la política contemporánea




(Por Andres Gomez Polanco *) - Si existe algún periodo en la historia política de la humanidad democrática que defina el nacimiento de la izquierda y la derecha como alternativas políticas “hegemónicas”, preponderantes y casi indiscutibles es en 1789, año de la Revolución Francesa. Específicamente en la Convención revolucionaria realizada en 1792 donde las posiciones más radicales con respecto al cambio social –abolición de la monarquía, instauración de una República- eran lideradas por los jacobinos los cuales se ubicaron en el ala izquierda del ágora. En contraposición, quienes defendían las posiciones más moderadas y “prudentes” en relación al cambio del statu quo –establecimiento de un gobierno mixto, monarquía constitucional- eran los girondinos quienes se ubicaron en el ala derecha del auditorio. Desde este periodo histórico las categorizaciones políticas se han configurado en relación a la posición de cada líder/lideresa, organización política y fuerza social con respecto a la transformación sociopolítica de una colectividad determinada, estableciéndose en términos generales que la izquierda política está a favor del cambio y la derecha resguarda el statu quo.


Siguiendo esta lógica, durante los siglos XIX, XX y XXI han emergido organizaciones políticas e ideologías que han reivindicado tanto a la izquierda como a la derecha como por ejemplo: el socialismo, comunismo, colectivismo, socialismo del siglo XXI socialdemocracia, capitalismo, liberalismo, neoliberalismo, libertarianismo, conservadurismo, entre otros. Con el pasar del tiempo además de la categorización a partir de la perspectiva en cuanto a la transformación social se han posicionado otras características supuestamente consustanciales e inclusive axiomáticas como: la izquierda es asociada con la defensa de los humildes, con la lucha a favor de la reivindicación de los pobres y menesterosos, la redistribución de la riqueza, en favor de la construcción de una sociedad justa, equitativa y, sobre todo, con la inclusión política, social, cultural, económica e incluso étnica. Mientras tanto que la derecha es relacionada con la eficiencia administrativa, la libertad, la eficacia productiva, el control de la seguridad ciudadana, la generación de riqueza, la creación de oportunidades, el respeto y la garantía de los derechos individuales y, sobre todo, la modernización económica y política en una época de globalización.

Por ende, en la actualidad la inmensa mayoría de regímenes democráticos alrededor del mundo poseen un sistema político, más específicamente un sistema de partidos, configurado alrededor de organizaciones políticas de izquierda y de derecha. Así en Europa Occidental se encuentran los laboristas y los populares, en América Latina los populismos (izquierda) y la oposición de centro-derecha, en Uruguay y Chile coaliciones de izquierda (Frente Amplio y la concertación respectivamente) frente a las alternativas demócrata-cristianas (derecha) y en Estados Unidos, más allá de la similitudes en política comercial y económica, existen diferencias entre republicanos (derecha) y demócratas (liberales de izquierda) con respecto al aborto, la eutanasia, descriminalización de las drogas ilícitas, reforma migratoria, participación y regulación del Estado en la economía, impuestos, etc. De esta manera, independientemente del desarrollo político, las particularidades nacionales y los nuevos desafíos a enfrentar la mayoría de sistemas políticos democráticos en el mundo giran en torno a las etiquetas izquierda y derecha en la disputa pacífica y electoral por el poder.

Sin embargo, los problemas contemporáneos marcadamente transnacionales (narcotráfico, crimen organizado, migraciones, conflictos internacionales, inestabilidad financiera, brecha tecnológica, cambio climático entre otros); así como los desafíos estructurales (combate a la pobreza, reducción de las desigualdades, estabilidad política y social, productividad, innovación tecnológica, creación de oportunidades, desarrollo sostenible, crecimiento económico, generación de empleos etc) desbordan los entendimientos, soluciones, programas, estrategias y visiones tanto de la izquierda como de la derecha, las cuales han quedado cortas, anquilosadas y obsoletas. Igualmente, el desencanto y la apatía hacia la política es un sentimiento generalizado en las democracias occidentales, especialmente entre los jóvenes, quienes observan como conceptos, propuestas y posiciones políticas tan anacrónicas, cavernarias y superfluas se reducen al estereotipo y generalización de izquierdas y derechas.

Por consiguiente, a mi parecer la categorización política entre izquierdas y derechas ha caducado en su viabilidad para configurar el campo político en una determinada colectividad tanto como estrategia política y, más aun, como proyecto de gobernabilidad. En lo concerniente a la primera perspectiva –estrategia política- la división del campo político-electoral en dos polos izquierda y derecha entre los cuales pueden aparecer partidos y organizaciones de centro-izquierda, centro-derecha, centro-centro, izquierda radical o derecha radical ya no se ajusta ni adapta a las especificidades y particularidades de la sociedad civil actual y sus preferencias políticas y electorales. En sociedades cada vez más modernas, heterogéneas, diversas, plurales, donde la diferencia es la norma y no la excepción y, sobre todo, sociedades que son influenciadas como nunca antes en la historia por una vorágine sin precedentes de información y comunicación (sobre todo audiovisual) en la era de la tecnología y la innovación; las nomenclaturas, la ideologías recalcitrantes, los dogmas, axiomas, postulados inamovibles y el catecismo ideológico son fundamentalismos del pasado.

Es por ello que seguir los lineamientos del socialismo del siglo XIX o del siglo XXI, de la socialdemocracia al igual que ser un ferviente seguidor del capitalismo o neoliberalismo es un sinsentido ejercido únicamente por los nostálgicos y trasnochados del ayer. La realidad contemporánea en términos políticos, sociales, étnicos, culturales, económicos, tecnológicos, comunicacionales, administrativos, productivos y financieros es compleja, multidimensional, dinámica e interdependiente tanto en sus desafíos como en sus posibles soluciones de fondo para ser reducidas a la superficialidad de izquierdas y derechas. Por lo tanto, como estrategia política-electoral para tomar el poder democráticamente es intrascendente y mediocre decir al electorado !soy de izquierda y voy a reivindicar a los humildes! o !soy de derecha voy a generar riqueza!, sino que la clave pasa por la construcción de identidades colectivas, la movilización de pasiones y emociones, la espectacularización de la política como vehículo de contenidos y argumentos y la diferenciación de los candidatos, proyectos políticos y liderazgos.

En cuanto a la gobernabilidad democrática la distinción entre izquierda y derecha como apelación a una determinada forma de gobierno es aún más inútil y obsoleta porque ¿a qué ciudadano o mejor dicho a qué sociedad le interesa que un proyecto político democrático sea de izquierda o de derecha sino soluciona los problemas estructurales del país, genera oportunidades, reduce inteligentemente la pobreza y las desigualdades, empodera a las personas, avanza hacia el desarrollo social, político, económico y productivo, mantiene la estabilidad social y política y respeta la democracia y los derechos humanos? La respuesta inequívoca es a NADIE, ningún ciudadano en su sano juicio y con un mínimo de sentido común le preocupa en lo más mínimo los debates inicuos y fracasados del pasado entre izquierda vs derecha si tales propuestas políticas no traen soluciones, oportunidades, desarrollo, respeto por la institucionalidad democrática. Es decir si no son eficaces, eficientes y, sobre todo, si no movilizan la pasión y el interés por la política que permita el involucramiento activo y deliberado de las personas en la vida pública y destierre su apatía.

Por consiguiente, los gobiernos autoproclamados de izquierda o de derecha en cualquiera de sus manifestaciones (liberalismo social, capitalismo humano, derecha moderna, izquierda inteligente, etc.) más que guiarse por dogmas y principios –igualmente obsoletos- se orientan por prejuicios, pre-conceptos y estigmas por ejemplo: la izquierda política considera todo acuerdo de libre comercio inherentemente malo y prejudicial, posición igual de absurda que la derecha política que considera al libre mercado como panacea absoluta. Estos “razonamientos” simplistas se repiten sistemáticamente en temas como la creación de riqueza, redistribución de la misma, la participación del Estado en la economía, los modelos de gestión y de administración pública, la inserción comercial en un mundo globalizado, las estrategias de seguridad, las libertades y los derechos humanos, el combate a la pobreza y la inequidad, la preservación del medio ambiente, entre otros temas. Por lo cual, hablar de izquierdas y derechas al momento de gobernar es hablar de prejuicios torpes y ridículos, más que de propuestas, alternativas, soluciones y respuestas concretas y oportunas a los problemas y desafíos de nuestra realidad actual compleja, cambiante y multidimensional.

Por ende, al momento de gobernar o de materializar un proyecto de país o inclusive un proyecto supranacional las ideologías fundamentalistas y recalcitrantes bien sean de izquierda o de derecha son un estorbo que únicamente tiene una utilidad historiográfica, o si no deben estar en el tacho de basura de la historia. Lo que debe primar es un conjunto de principios y convicciones humanistas como el respeto y la garantía por la democracia y los derechos humanos, la honestidad, sinceridad, trasparencia y honradez, la excelencia, la ética, la solidaridad, la justicia social y la equidad, la generación de oportunidades para todos, la equidad de género, la eficacia y eficiencia administrativa y productiva, la generación de riqueza, la inclusión,  y, sobre todo, la dignidad humana que no son principios ni convicciones ligadas ni a la izquierda ni a la derecha sino profundamente universales y lo que la gente siente y le interesa. Estos valores deben servir como brújula y horizonte pero sin duda alguna en temas concretos de política pública o estrategias de desarrollo debe primar el pragmatismo, no entendido como relativismo moral, sino como rechazo a los prejuicios para implementar según las particularidades y especificidades de cada realidad nacional o supranacional lo que FUNCIONA.
En efecto, no es un contrasentido ni una antinomia pensar en un pragmatismo con principios y convicciones como alternativa política-electoral, la clave para que este en verdad funcione radica en la estrategia política (movilización de pasiones-emociones, construcción de identidades y espectacularización de la política) pero el desarrollo de esta estrategia que es determinante todavía la poseen los partidos y liderazgos de izquierda y derecha, aunque muy desgastada, es un debate y análisis para una próxima oportunidad que queda planteado. En conclusión, dividir el campo político entre izquierda y derecha, así como los proyectos de país al momento de gobernar además de ser posiciones anacrónicas, ineficaces y anquilosadas en el pasado solo beneficia a los partidos y líderes que se autoproclaman de izquierda o de derecha, no a las nuevas alternativas democráticas.

Finalmente, la clave se encuentra en romper esta lógica política y dar un golpe en el tablero electoral respondiendo de forma innovadora al paradigma fracasado, pero aun predominante, cuando se nos cuestione ¿eres de izquierdas o de derechas? Como referencia dejo la respuesta de un político español que ante un cuestionamiento semejante esgrimió: Ni de izquierda ni de derecha Yo sigo para adelante. O en una realidad polarizada por la concentración y el monopolio del poder, la riqueza y los privilegios por una mafia política la respuesta no es un proyecto político de izquierda o de derecha: Sino una dicotomía entre los de abajo contra los de arriba. En otras palabras, la distinción entre izquierda y derecha es casi nula debido a que ambas posiciones políticas han dejado de ser alternativas democráticas de transformación social por su anquilosamiento, así que como en 1789, época de la Revolución Francesa, las alternativas populares y democráticas deben cambiar de paradigma para asaltar los cielos.

* Andrés Gómez Polanco es estudiante de último año de la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de las Américas (UDLA) Quito-Ecuador. asgomez@udlanet.ec