lunes, 25 de mayo de 2015

Sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo




(Por Andres Gomez Polanco *) - El 23 de Mayo del 2015 los ciudadanos de Irlanda aprobaron a través de un referéndum la legalización constitucional del matrimonio homosexual con un aplastante 62%. Este logro democrático tiene una importancia fundamental debido a que es la primera vez que se legaliza el matrimonio igualitario a través del voto popular y, sobre todo en la República de Irlanda, un país mayoritariamente católico. Han sido muchos años, muchas lágrimas, muchos sacrificios, mucho sufrimiento, discriminación, violencia, asesinatos, exclusión, incomprensión, intolerancia y segregación que las personas homosexuales (gays, lesbianas, transexuales, intersexuales y bisexuales) han tenido que padecer, y todavía padecen en muchas partes del mundo, en pos de la reivindicación, garantía y respeto de tres principios universales inherentes y consustanciales a todo ser humano: (I) El derecho a la búsqueda de su felicidad, (II) libertad para vivir y forjar su destino sin más limitaciones que la justicia hacia el prójimo, y (III) el respeto a su dignidad humana independientemente de quienes sean, de sus características físicas, sus creencias religiosas o políticas, su etnia, cuánto dinero tengan y, sobre todo, independientemente a quienes amen o que preferencia u orientación sexual posean.


Activistas irlandeses celebran la victoria en el referéndum

La lucha valiente y decidida por el respeto y la reivindicación de los derechos de los homosexuales no es una batalla exclusivamente a favor de los gays, lesbianas y transexuales; sino principalmente es una lucha a favor de los derechos humanos de cualquier persona, hombre o mujer, que merece por el simple hecho de su existencia la vigencia de su libertad, justicia y dignidad. Es por ello que desde la descriminalización de la homosexualidad, su eliminación como una enfermedad o patología mental en 1990 por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el desmantelamiento progresivo de su satanización en términos culturales, éticos, étnicos, sociales, institucionales, políticos, e inclusive religiosos (especialmente en Occidente). Pasando por la reivindicación de sus derechos y su inclusión legal e institucional, hasta su incorporación a la vida social y la normalización de su orientación sexual y su identidad de género son logros democráticos alcanzados a través de una lucha perseverante en lo social, político, intelectual, cultural y mediático. Que millones de personas alrededor del mundo han protagonizado en pos de derivar paradigmas mentales anacrónicos, primitivos y cavernarios sustentados en el machismo, el odio, la homofobia, la violencia, la discriminación y en la visión suprema de un mundo hegemónicamente heterosexual que aplasta, proscribe y ridiculiza la diferencia.


Por ende, existen todavía dos grandes desafíos en este mundo globalizado alrededor de la defensa, reivindicación y respeto de los derechos humanos de las personas homosexuales, estos son: En primer lugar, la lucha por la tolerancia, la comprensión y el respeto para las personas con orientación sexual y de género diferentes en países en vías de desarrollo donde la cultura occidental no es relevante como son las regiones de Oriente Medio, África y Asia donde, lamentablemente todavía, la homosexualidad es perseguida, prohibida, proscrita y la homofobia predomina en las sociedades dando paso a la deshumanización de los gays y lesbianas. El segundo desafío se localiza en las sociedades occidentales donde a pesar de los problemas, retrocesos y amenazas sistémicas la discriminación hacia los homosexuales es cada vez minoritaria y se han realizado grandes avances en cuanto al reconocimiento de sus derechos. Sin embargo, todavía existe reticencia social y política en cuanto al reconocimiento del matrimonio homosexual y también en cuanto al derecho de las personas del mismo sexo para poder adoptar, especialmente en países con fuerte influencia católica (América Latina) y valores tradicionales en cuanto a la conformación de la familia. Por consiguiente, ambos desafíos son el resultado de un proceso de trasformación en pos de los derechos humanos, pero también implican grandes responsabilidades debido a que la vigencia de los derechos de las personas, en este caso los homosexuales, no pueden forjarse a través de una imposición cultural pisoteando religiones, visiones del mundo y tradiciones étnico-culturales porque no perdurarían ni ganarían legitimidad. Ni tampoco se puede borrar todo atisbo simbólico o trascendental de discriminación hacia la homosexualidad desconociendo la realidad social y práctica en países donde los homosexuales ya no son deshumanizados, debido a que podría generar un retroceso ya superado por la precipitación y el voluntarismo irresponsable.

Por consiguiente, se requiere dos elementos estratégicos para emprender las transformaciones deseadas en pos de configurar sociedades que respeten los derechos humanos de los homosexuales sin generar conflictos estructurales, polarización, intolerancia y violencia. Estos son (I) voluntad, decisión y valentía política para liderar los cambios necesarios con el objetivo de defender y garantizar la vigencia de los derechos humanos y (II) la capacidad de liderazgo, la movilización colectiva y el respeto a la diferencia para emprender un proceso de pedagogía social que canalice el conflicto y la confrontación a través de un proceso de diálogo, debate y deliberación sin exclusiones, pacífico y abierto.

En el caso específico del matrimonio igualitario, a mi parecer la diferenciación entre la unión de hecho y los matrimonios civiles para las parejas del mismo sexo representa todavía un atisbo simbólico de discriminación y exclusión, debido a que en términos prácticos ambas figuras jurídicas otorgan los mismos derechos y las mismas obligaciones a los contrayentes. Por ende, ¿Cuál es entonces el motivo para que los homosexuales no puedan acceder a un matrimonio civil?, ¿Su exclusión de este derecho legal representa una discriminación institucionalizada cimentada por prejuicios en los cuales el matrimonio es una institución exclusivamente heterosexual?, o ¿Existe el temor de que el reconocimiento del matrimonio igualitario de paso a que las parejas homosexuales busquen el derecho a la adopción, por lo cual es mejor proscribirlo?. Todas estas preguntas deben ser enfrentadas y respondidas de manera clara y directa para evitar la implantación de una discriminación solapada, debido a que bajo mis convicciones nadie, ninguna institución legal, ningún líder - lideresa, ni poder fáctico, ideología, ni mucho menos un prejuicio tiene el derecho de evitar que dos personas que se aman, que no atentan contra los derechos de los demás, y que solo quieren compartir sus vidas como lo harían dos personas heterosexuales no puedan optar por el matrimonio civil. Seguramente en Irlanda después de que se aprobó el matrimonio civil de parejas del mismo sexo, muchos homosexuales decidirán compartir su amor a través de esta institución legal. Después de que la primera pareja de homosexuales se case por lo civil, habrá que preguntarles a los irlandeses que votaron en contra de la propuesta, a las personas que todavía están en contra de esta realidad, e inclusive, a los homofóbicos si sienten que el derecho de dos personas a eternizar su amor a través del vínculo matrimonial les resta algún derecho, erosiona su libertad, atenta contra su dignidad humana, que expliquen ¿de qué forma se sienten afectados? La respuesta sin duda alguna será el silencio, ya que no es una cuestión de minorías, ni mayorías, e inclusive ni siquiera de libertad ni justicia, el matrimonio igualitario se sintetiza en la vigencia de la pluralidad del amor.      

En lo que respecta al derecho de las parejas del mismo sexo a adoptar, en mi opinión existe todavía la necesidad en primer lugar de un proceso estructurado, sistemático e inteligente de pedagogía social, debate y discusión abierto en el marco del respeto y la tolerancia, especialmente en sociedades conservadoras donde existe una preeminencia de la familia como una institución social exclusivamente heterosexual, antes de tomar cualquier tipo de decisión, en pos de la paz social, la eficacia y el respeto a la realidad social.

Por lo cual, la no adopción de niños o niñas por parte de parejas homosexuales no se justifica ni explica por razones tan limitadas, primitivas y demagógicas como por ejemplo: la “degeneración” de aquellos niños o niñas que inevitablemente se convertían en personas homosexuales por el ejemplo de sus padres, lo cual no tiene ninguna lógica ya que la homosexualidad no es ni una enfermedad, ni una patología que se “contagia”. Además se ha comprobado científicamente que no es una degeneración psicológica o de conducta sino una condición sexual y de género con la que se nace, por lo cual los “centros de rehabilitación para la homosexualidad” son un atentado a los derechos humanos y no tienen ninguna legitimidad ni científica ni social. El segundo mito a desmontar es que la adopción de niños por parejas del mismo sexo ocasionaría abusos sexuales hacia los niños por parte de sus padres adoptivos, siguiendo esa misma lógica absurda no deberían existir violaciones de padres heterosexuales hacia sus hijos ya que ridículamente se trata de asociar directamente la homosexualidad con la violación, y la realidad muestra que lamentablemente las violación a menores de edad ocurren generalmente por personas cercanas al entorno familiar.

Igualmente, se pretende configurar la idealización de un tipo de familia único, verdaderamente legítima e incuestionablemente irremplazable que es la familia compuesta por padre y madre, lo cual es entendiblemente deseable para el desarrollo integral de los infantes. Sin embargo, esta fuera de la realidad debido a que existen  millones de padres y madres solteros, de abuelitos, tíos, tías, primas, abuelitas, vecinos, amigos, madrastas y padrastros que conforman una heterogeneidad infinita en la constitución de familias, las cuales distan mucho de la familia modélica, donde los niños crecen y se forman de manera feliz, adecuada y, sobre todo, con amor. Por ende, una familia conformada por dos personas del mismo sexo es una posibilidad que no debe ser descartada inherentemente sin un debate previo por el solo hecho de la homosexualidad. ¿O es mejor que niños y niñas en situaciones de riesgo, miseria, que pasan su vida en las calles sobreviviendo muchas veces solos y desamparados se queden en la calle donde son presa fácil de la violencia y las conductas anti-sociales y la perpetuación de la pobreza o en un orfanato que por más vocación de servicio difícilmente reemplazará al amor de una familia, por el simple hecho de considerar una “aberración” que dos buenas personas del mismo sexo que se aman adopten un niño y quieran brindarle un hogar?

Sin embargo, la decisión de legalizar la adopción por parte de parejas del mismo sexo por el simple hecho de hacerlo, desconociendo las realidades políticas, culturales, sociales, locales, étnicas, morales y religiosas de cada país y región sería un error gigantesco que perjudicaría, e inclusive, deslegitimaría la lucha histórica por la vigencia de los derechos humanos de los homosexuales. Si no se produce primero un debate abierto, plural y efectivo que recoja todas las opiniones, consideraciones y propuestas (desde el cura de la parroquia hasta el activistas GLBTI) en una sociedad tanto de las personas a favor y en contra de tal medida, para después de un proceso deliberativo y, sobre todo, de pedagogía social se tomen las decisiones y se plasme la valentía política en acciones eficaces, pero también incluyentes y democráticas.

Por lo cual, muchas veces el fundamentalismo y la imposición no solo de los grupos que se oponen al cambio, sino de los activistas a favor de los derechos de las personas del mismo sexo superponen la falsa rapidez, la precipitación y los apresuramientos torpes por sobre la pedagogía social necesaria para brindar legitimidad y viabilidad a las transformaciones sociales. Ya que cualquier decisión política, legal o institucional que altere el statu quo de la realidad social si quiere hacerse de forma inteligente, eficaz y pacífica requiere de un proceso social estructurado para su perdurabilidad, debido a que puede ser una ley, una norma, e inclusive plasmarse en la constitución que no por ello la velocidad de lo jurídico y lo político se adapta a la velocidad de los proceso sociales.

Finalmente, los derechos de los homosexuales no deben ser entendidos como los derechos exclusivos de un grupo minoritario, sino como la vigencia, el respeto y la materialización de los derechos humanos porque como dijo aquel carpintero que fue crucificado hace más de 2000 años, el principal mandamiento de la humanidad debe ser el amor al prójimo sin distinción ni discriminación alguna.

* Andrés Gómez Polanco es estudiante de último año de la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de las Américas (UDLA) Quito-Ecuador. asgomez@udlanet.ec