jueves, 23 de abril de 2015

El rol de China en el comercio mundial



(Orieta Giacoletto | Observanto *) - En el transcurso de los últimos 30 años, el mundo ha sido testigo de la transformación de la economía China y de su irrupción como potencia comercial en el escenario internacional.

Dicho protagonismo provocó la modificación de los patrones de especialización productiva y de los flujos de comercio de una gran cantidad de países que decidieron orientar sus economías hacia la satisfacción de la creciente demanda del gigante asiático.

En este contexto es interesante indagar acerca del rol que en el ámbito del comercio internacional China le adjudicó a las diferentes regiones del mundo para llevar a cabo su propia estrategia de desarrollo. Y analizar particularmente la inserción que hasta el momento ha tenido América Latina en este nuevo mapa de comercio.

Durante gran parte del Siglo XX, China se mantuvo al margen de las esferas de decisión a escala global, asistiendo impasiblemente a la configuración de un mundo que se desarrollaba frente a sus ojos en clave occidental.

Pero a partir de 1978 con la llegada al poder del líder Deng Xiaoping, se inició un nuevo período de “Reforma y Apertura” bajo el cual el gigante asiático decidió despertar del letargo en el que se encontraba, para comenzar a interesarse en todos aquellos asuntos que más allá de sus fronteras le permitiesen adquirir un rol protagónico en el escenario internacional. Así es que mediante una serie de profundas transformaciones en su economía, en una escasa cantidad de años China logró convertirse en una potencia comercial a nivel global. Dicha irrupción como nuevo actor económico la llevó a desarrollar alianzas comerciales con las diferentes regiones del mundo, no sólo para garantizarse el acceso a las materias primas e insumos necesarios para su desarrollo, sino también para lograr una mayor inserción de sus productos en los mercados internacionales de consumo, que fueran capaces de absorber sus crecientes saldos de producción industrial.

Así es que tomando en consideración las características de cada país, la composición de su oferta exportable, su grado de desarrollo y su peso en el ámbito internacional, China comenzó a estrechar relaciones con todas aquellas naciones que consideraba funcionales a su estrategia de desarrollo, generando a su paso una nueva configuración en los flujos de intercambio mundiales. (Fuente)

En relación a los países desarrollados, desde el inicio del período reformas en 1978, China implementó una estrategia de apertura parcial, habilitando el ingreso de inversión extranjera directa para la radicación de empresas transnacionales que le permitieran modernizar sus sectores de producción industrial. Junto a la entrada de crecientes flujos de inversión, también se comenzaron a importar bienes de capital, tecnología y modelos de producción provenientes de Estados Unidos y Europa. Dicha estrategia le permitió a China generar una transformación radical de su entramado productivo, realizando significativos adelantos en materia de productividad y eficiencia en diversos sectores como la industria pesada y la electrónica. Así como también desarrollar una mayor especialización productiva en eslabones industriales de mayor complejidad para la fabricación de bienes con mayor contenido tecnológico.

El resultado final en materia comercial fue haber logrado revertir en una escasa cantidad de años los flujos de intercambio con las naciones desarrolladas, pasando de registrar saldos deficitarios en su balanza de comercio, para pasar a convertirse en uno de sus principales proveedores de bienes manufacturados.

En el caso particular de Estados Unidos, la estrategia ha sido la de desarrollar una relación comercial de franca complementariedad. Si bien existe entre los dos países una incipiente disputa por la hegemonía mundial, los hechos demuestran que ambas economías se encuentran estrechamente ligadas, ya que mientras las empresas norteamericanas aprovechan los bajos costos que ofrecen las cadenas de producción instaladas en China, las compañías chinas precisan de los consumidores norteamericanos para continuar sosteniendo su nivel de crecimiento económico. En la actualidad, China se constituye como el principal proveedor de bienes manufacturados en el mercado norteamericano, así como también en su principal acreedor externo.

Por otra parte, en el caso de los países del Sudeste Asiático, a través de la firma en el año 2002 del Tratado de Libre Comercio ASEAN + 1, junto a la firma de acuerdos bilaterales de intercambio y complementación económica negociados con diversos países como Taiwán y Corea del Sur, China se propuso establecer en la región una estrategia asentada en flujos bidireccionales de comercio e inversión, tanto de tipo intraindustrial como así también interindustrial.

En este sentido, a través de la liberalización de una gran parte del comercio, la región asiática se erigió como un importante destino de las exportaciones chinas, tanto de bienes de alto contenido tecnológico como de manufacturas basadas en recursos naturales.

Por su parte, los países del Sudeste Asiático se transformaron en importantes proveedores de insumos, partes y componentes tecnológicos que China comenzó a utilizar para la fabricación de productos finales manufacturados que luego son exportados al resto del mundo, principalmente a Europa y Estados Unidos.

Desde el punto de vista de los flujos de inversión, la región se convirtió en un importante destino para las inversiones chinas, ya que el gigante asiático ha dirigido una gran masa de capitales hacia sus países vecinos en busca de costos más bajos de producción y mano de obra.

Bajo este esquema de flujos concéntricos de comercio e inversión es que se ha desarrollado la denominada “Fábrica Asia”, cuyo centro se haya nada más ni nada menos que en el gigante asiático.

En lo referentes a África y Medio Oriente, desde los inicios de las relaciones comerciales, China se ha concentrado en la adquisición de recursos naturales e hidrocarburos para poder garantizar su intenso ritmo de crecimiento económico. Así como también se ha focalizado en el desarrollo de inversiones destinadas principalmente a la compra de yacimientos y fuentes energéticas y de materias primas, con la particularidad de que en gran parte de los casos la contratación de la mano de obra no proviene de dichas regiones sino que es importada del país asiático. (Fuente)

Finalmente, en el caso de América Latina, la relación se estableció primordialmente sobre la base de dos pilares, el intercambio de materias primas por bienes manufacturados, y los flujos de IED en obras de infraestructura. (Fuente)

A partir de su ingreso a la OMC en el año 2001, la incorporación de China como nuevo demandante mundial de productos agropecuarios provocó un exponencial incremento en el precio internacional de ciertos commodities, alcanzando muchos de ellos cotizaciones máximas históricas. Esta situación de altos precios y creciente demanda internacional hizo que una extensa cantidad de países latinoamericanos comenzasen a destinar gran parte de sus recursos a la producción y exportación de dichos commodities hacia el gigante asiático.

Ha sido el caso de Brasil con la exportación de hierro y soja, de Chile y Perú mediante la exportación de cobre, de Argentina con la exportación de soja y de Venezuela a través de la venta de hidrocarburos, entre otros.

De esta forma, la región se convirtió en uno de los mayores proveedores de bienes primarios y de recursos naturales de China y el gigante asiático se consolidó como el tercer socio comercial de la región después de Estados Unidos y la Unión Europea.

A su vez China comenzó a desarrollar inversiones en la región mediante el establecimiento de empresas dedicadas a la producción de las mismas materias primas que luego adquiere. Y se ha concentrado además en el desarrollo de obras de infraestructura para el transporte de dichas materias primas hasta los puertos de salida.

La venta de manufacturas asiáticas a la región no es un componente menor en el esquema de intercambios, centrándose principalmente en la industria textil y electrónica y compitiendo en muchos casos con las fabricaciones de carácter nacional.

Más allá de los logros alcanzados en el plano del comercio exterior, China ha demostrado querer ir por más, dejando entrever su intención de convertirse en los próximos años en la primera economía mundial. Para ello será primordial que el país asiático continúe fortaleciendo la red de intercambios creada con las diferentes regiones del mundo, pero ya no sólo atendiendo a sus propias necesidades de crecimiento sino también considerando los objetivos de desarrollo de cada una de sus contrapartes. Este es también el objetivo que deben perseguir los países que deseen continuar estrechando lazos con el gigante asiático, en particular las economías en desarrollo, para lograr finalmente que los beneficios del intercambio comercial fluyan hacia ambos lados de la relación y evitar de esta forma la reproducción de las mismas relaciones que en el pasado caracterizaron la vinculación entre los países de centro y periferia.

Orieta Giacoletto es Licenciada en Comercio Exterior de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). Maestrando en Relaciones Económicas Internacionales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente se desempeña como profesora de Comercio Exterior en la Universidad Maimónides. Publicación distribuida por Observanto, link al artículo desde su fuente.