viernes, 6 de marzo de 2015

Boko Haram: el genocidio del silencio



(Por Andrés Gómez Polanco *) - Después de los ataques terroristas del 11 de Septiembre del 2001 la guerra contra el terrorismo a nivel mundial encabezada por los Estados Unidos, sus aliados occidentales y la OTAN ha sido un elemento fundamental e irremplazable tanto en la política exterior de las potencias desarrolladas, las resoluciones, tratados, convenios de cooperación y debates en las Organizaciones Intergubernamentales, alianzas geoestratégicas, como en el mundo académico, los medios de comunicación y la opinión pública mundial. Esta trascendencia mediática y geopolítica en la guerra contra el terrorismo ha sido determinante para justificar, explicar e inclusive tratar de legitimar el uso de la violencia asimétrica contra países “patrocinadores” del terrorismo como Afganistán (bajo el régimen Talibán), Irak (Saddam Hussein), Libia (Gadafi), Siria, entre otros países a través de ocupaciones, derrocamiento de su régimen político, bombardeos e intervenciones armadas.

Sin lugar a dudas, el terrorismo en cualquiera de sus formas bien sea Al Qaeda, ISIS, Al-Jihad, Hezbola o el Yihad Islámico debe ser detenido para evitar la muerte de niños, niñas, jóvenes, mujeres, ancianos y miles de personas inocentes por medio de mecanismos y procedimientos (desarrollo económico, inclusión social, respeto a la cultura existente, vigencia de los derechos humanos, paz social) que incluyen el uso de la fuerza, pero dentro de un marco legal internacional que otorgue legitimidad, accountability y objetivos concretos. Por consiguiente, el problema en sí mismo no es la lucha contra el terrorismo en sus diferentes manifestaciones sino la forma, intereses, procedimientos y objetivos que configuran esa lucha; debido a que es precisamente en este aspecto donde radica la legitimidad o ilegitimidad de tales acciones. Una clara muestra de ello es la diferenciación, discriminación, exclusión y subestimación de la opinión pública mundial, las potencias occidentales y las Instituciones Internacionales hacia los sistemáticos ataques terroristas que están ocurriendo en Nigeria, los cuales han cobrado miles de víctimas inocentes, perpetrados por el grupo islamista radical Boko Haram.

Este genocidio silencioso tiene como escenario a un país con más de 170 millones de habitantes, que se caracteriza por su riqueza petrolera que le ha posicionado como la principal economía africana; pero a su vez donde impera la miseria y las desigualdades que tienen a más del 60% de la población por debajo de la línea de la pobreza. Además Nigeria es un país caracterizado por la heterogeneidad, diversidad y pluralismo no solo en sus paisajes, fauna y recursos naturales, sino sobre todo en su población donde coexisten diferentes grupos étnicos y religiosos ya que el 50% de la población son musulmanes (norte del país) y el 48% cristianos. Esta riqueza cultural y religiosa ha sido tomada como excusa por el grupo terrorista Boko Haram para a través de la violencia indiscriminada reivindicar la implantación del islamismo radical (sharia) en todo el territorio nigeriano asesinando minorías, secuestrando niñas inocentes (esclavizadas y prostituidas), destruyendo comunidades enteras y utilizando menores de edad para perpetrar ataques suicidas. Este salvajismo irracional sin precedentes, que no refleja los valores y principios del verdadero Islam, solamente en el año 2014 ha realizado más de 3000 asesinatos, más de 600 secuestros de niños y niñas y ha expandido sus ataques a países como Camerún y Chad.

Por lo tanto, las acciones criminales de permanente violación a los derechos humanos ejecutadas por los terroristas de Boko Haram en Nigeria deben ser detenidas sin ningún tipo de retrasos, dilaciones o dubitaciones. Para lo cual el primer paso imprescindible es desterrar la indiferencia, la invisibilización, la superficialidad y la indolencia ante la muerte de miles de civiles africanos inocentes que tienen los mismos derechos que las víctimas occidentales del terrorismo, cuyas familias y seres queridos deben gozar de la misma protección que las familias estadounidenses, francesas, inglesas o de cualquier nacionalidad, y sobre todo cuya tragedia debe indignarnos como cualquier otra acción inhumana perpetrada por el terrorismo. Por consiguiente, las diferentes medidas de seguridad para detener las atrocidades de Boko Haram como por ejemplo: la consolidación del  Estado derecho, el imperio de la ley, el control integral del territorio nacional y el monopolio del uso de la fuerza por parte del Estado nigeriano. Así como la configuración de políticas públicas y políticas de estado a largo plazo para superar la pobreza y la miseria, generar oportunidades y pacificar el país, requieren de la participación decidida de la comunidad internacional, no solo en términos militares, para que el mundo entero no olvide que las víctimas del terrorismo en Nigeria como en Paris, Estados Unidos, España o Canadá merecen justicia, tranquilidad y la reivindicación de sus derechos.

Finalmente, el genocidio silencioso que ha perpetrado el grupo terrorista Boko Haram en Nigeria debe estremecernos e indignarnos como cualquier otro acto criminal contra los derechos humanos, debido a que el sentido de justicia y el imperativo ético no son valores relativos ni flexibles, deben ser vigentes y respetados en cualquier parte de la geografía universal.

* Andrés Gómez Polanco es estudiante de último año de la carrera de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de las Américas (UDLA) Quito-Ecuador. asgomez@udlanet.ec