viernes, 1 de noviembre de 2013

Análisis del ciclo político del Partido de los Trabajadores en Brasil

Por Santiago Pérez desde Rio de Janeiro *

La llegada del Partido de los Trabajadores a lo más alto de poder brasileño fue sin dudas un hecho histórico para América Latina. La región había sido gobernada durante la década de 1990 mayoritariamente por dirigentes de centro o centro derecha. El arribo de una fuerza de izquierda al gobierno de la mayor de las economías del subcontinente marcó un incuestionable quiebre dentro del proceso político.

La formación del Partido de los Trabajadores se remonta al año 1980. Por entonces Brasil era gobernado de facto por autoridades militares, las cuales, por medio de intervenciones e imposiciones, intentaron controlar el movimiento sindical. Intelectuales de izquierda junto a sindicatos y sectores católicos cercanos a la teología de la liberación, dieron forma a los primeros pasos del partido. Con el retorno de la democracia, el PT compitió en las elecciones de 1986 alzándose con intendencias y diputados propios. A partir de 1989 y con la Figura de Luiz Inácio Lula da Silva como líder excluyente, el partido compitió en sucesivas elecciones presidenciales. Lula se presentó en 1989, 1994 y 1998. Si bien en todos estos comicios el partido se mostró competitivo y como una alternativa con posibilidades reales de alcanzar la presidencia, no logró, en ninguna de las votaciones, alzarse con la victoria. Con el transcurso de los años, acumulación de experiencia y sucesivas campañas, el discurso del PT fue paulatinamente moderándose. Si bien nunca abandonó sus banderas sociales y sus principios ideológicos, en los hechos sus mensajes y propuestas fueron acercándose lentamente al centro. En el año 2002 el Partido de los Trabajadores ganó las elecciones presidenciales, imponiéndose en la segunda vuelta con el 61,3% de los votos. Tras 22 años de trayectoria en la vida política brasileña el partido llegaba a lo más alto de poder nacional.

Lula asumió la presidencia el 1 de Enero de 2003, heredando un país en orden y crecimiento. Su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, había sentado las bases del modelo económico que rige en Brasil hasta el día de hoy. En contraposición a los temores existentes en el “establishment” por eventuales reformas que el Partido de los Trabajadores podría impulsar, la llegada de Lula al poder no derivó en grandes cambios. Desde un primer momento el flamante Presidente se mostró como un continuador de los grandes lineamientos económicos existentes. Por aciertos propios y, al mismo tiempo, ayudado por un contexto internacional favorable, desde 2003 Brasil no ha sido otra cosa que crecimiento y expansión.  La economía creció a altas tasas, millones se incorporaron al consumo y millones abandonaron la pobreza e ingresaron a la clase media. La economía se mostró sólida, al punto de ubicar a Brasil entre las principales potencias económicas mundiales. La posición de Brasil a nivel global también vivió un vigoroso ascenso. El país se incorporó al grupo “BRICS” perfilándose como una nación que, en teoría, podría liderar el crecimiento mundial a mediados de siglo. Lula se animó, inclusive, a sumarse a los debates de la más alta política internacional. Brasilia intentó influir con su posición en la cuestión del programa nuclear iraní, un tema que, tradicionalmente, solo compete a las grandes superpotencias.

El éxito político y económico del país fue capitalizado por el Partido de los Trabajadores en forma por demás efectiva. Desde la histórica conquista del poder en 2002 ninguna otra fuerza fue capaz de vencerlo en una elección presidencial. En 2006 Lula fue reelecto por cuatro años más y, ante la limitación constitucional de dos períodos consecutivos, la candidata oficialista Dilma Rousseff se alzó con la victoria en 2010.

La primera mitad del mandato de la flamante jefa de estado fue una continuación de la popularidad de su antecesor. De hecho Rousseff supo construir un liderazgo propio y renovador, atacando las falencias de su padrino político. La problemática crónica de la corrupción fue abordada en forma particular. Durante la gestión de Lula diversos casos ensuciaron la imagen del Presidente, particularmente los relativos al escándalo del “Mensalão”. Dilma encaró en forma más frontal el problema, separando a diversos ministros y no tolerando siquiera sospechas de actos ilícitos dentro de su gabinete. La aprobación de la gestión de la actual Presidente supo alcanzar cifras superiores al 65%, sobrepasando inclusive los históricos niveles de popularidad de Lula. Pero las coyunturas no son estáticas.

En lo que compete al desarrollo de los sucesos de política interna de una nación, sobre todo dentro de regímenes democráticos, los cambios pueden ser abruptos e inesperados.

Las protestas sociales iniciadas en Junio de 2013 en más de 100 ciudades brasileñas marcaron sin dudas un quiebre en el ciclo político del Partido de los Trabajadores. Por primera vez desde su llegada al Palácio do Planalto en 2003 el gobierno deberá convivir con un contexto adverso. La clase media que, paradójicamente, la administración del PT ayudó a construir, lideró las manifestaciones con reclamos amplios y diversos. Si bien Rousseff respondió con relativa velocidad y habilidad a la voz de la calles, mostrándose receptiva a las demandas e intentando impulsar reformas que atiendan los reclamos, la profundidad del descontento destruyó una sustancial porción de la imagen positiva de la que gozaba escasos meses antes. La situación del gobierno se complica aún más si se presta atención a las perspectivas económicas para 2014, año de las próximas elecciones presidenciales. Con una inflación cerca de los límites tolerables para los sectores medios y bajos y una economía creciendo a un magro 2% anual será muy difícil para el estado poder hacer frente a las renovadas demandas sociales. Las noticas que llegan del exterior tampoco son favorables. Un inminente período de menor liquidez internacional podría reducir el ingreso de capitales a Brasil, afectando en forma negativa el desarrollo general de una economía cuyo modelo de crecimiento ya da muestras de agotamiento.

El 2014 no será un año de importancia solo por las elecciones. 12 ciudades brasileñas oficiaran de sede del Campeonato Mundial de Fútbol. Si bien podría interpretarse que en un país amante del fútbol como lo es Brasil el torneo funcione como un factor favorable para el gobierno, no se puede pasar por alto que uno de los elementos impulsores de las manifestaciones fueron justamente los poco transparentes gastos en la organización del evento. No sería de extrañar que, durante el transcurso del campeonato, resurja una tensión social que innegablemente no se ha extinguido.

La oposición es un gran interrogante con vistas a las próximas presidenciales. Si bien aún falta un año, se detecta que el descontento  ciudadano corresponde no solo del electorado hacia el gobierno, sino también del electorado hacia toda la clase política. Los partidos de la oposición conducen gobiernos municipales y estaduales por lo que, en muchos casos, han sido blancos de las protestas.

Las próximas elecciones serán las más inciertas de los últimos 12 años en Brasil. Por primera vez en más de una década el PT llegará a los comicios desgastado políticamente y con múltiples demandas sociales irresueltas. Si la oposición logra ejecutar una estrategia que consiga capitalizar en forma efectiva el complejo escenario político local, existirá una posibilidad de que el ciclo del Partido de los Trabajadores en la presidencia encuentre su fin, o, al menos, una interrupción de cuatro años.

* Santiago Pérez.
Rio de Janeiro, Brasil.



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