viernes, 20 de septiembre de 2013

Implicancias del cambio de canciller en Brasil. Sale Antonio Patriota e ingresa Luiz Alberto Figueiredo


(Por Luis Leandro Schenoni *) - Hace tres semanas que Antonio Patriota presentó su renuncia al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores de Brasil tras dos años y ocho meses de un insulsa gestión, fiel a su estilo moderado y bajo perfil. Fue reemplazado por el Embajador ante las Naciones Unidas, Luiz Alberto Figueiredo, con quien enrocó cargos, y así se abrió un interesante debate en Brasil sobre el futuro de Itamaraty –el Ministerio de Relaciones Exteriores- y la política exterior brasileña.

El inesperado cambio fue precedido por un incidente diplomático con Bolivia tras que un secretario de embajada garantizara salvoconducto a un ex senador boliviano condenado por corrupción, sin el consentimiento de su canciller. Las quejas del gobierno de La Paz sumadas a la desinformación sobre el episodio en las altas jerarquías de Itamaraty y el Planalto, dieron lugar a una verdadera crisis de liderazgo dentro de la diplomacia brasileña y a un impasse diplomático entre los países sudamericanos.

Pero no fue este episodio, sino la salida del cuarto canciller brasileño en dieciocho años lo que ha llamado la atención ¿Estamos ante un cambio significativo de política exterior? Los analistas dentro y fuera de Brasil parecen coincidir en dos cosas. Durante los años de Patriota, la cancillería se habría debilitado internamente (provocando disfuncionalidades y el descontento de muchos diplomáticos) y restado brillo a la actuación internacional de Brasil (socavando la imagen de la presidencia). De este modo, serían de esperar reajustes institucionales en Itamaraty y de estilo (una diplomacia más activa), pero muy pocos cambios de fondo en la política exterior de Brasil. De hecho, Dilma Rousseff parece haber comenzado a implementar este cambio de estilo en la cumbre del G-20, donde reaccionó con inusitada firmeza ante las evidencias de acciones de espionaje estadounidense en Brasilia.

Por otra parte, la relación de Rousseff con Patriota fue particularmente tensa desde los comienzos de su gestión. Muy pronto el ministro dejó de acompañarla en el avión presidencial, y comenzaron a sucederse escándalos de sobresueldos y corrupción que lesionaron la imagen del servicio exterior y el gobierno. Los hechos demostraron una crisis de liderazgo en Itamaraty, al punto que la presidente llegó a considerar la posibilidad de desvincular la gestión del comercio exterior y la cooperación internacional del ministerio. El presupuesto del 2013 se recortó considerablemente, así como las vacantes para la carrera diplomática.

Por otro lado, Patriota había impreso un carácter más sobrio a la política externa brasilera. A diferencia de su predecesor Celso Amorim, dio un perfil más bajo a iniciativas regionales como UNASUR y la ubicua proyección de Brasil en las agendas multilaterales. Este estilo no favoreció la imagen de Dilma fuera ni dentro del país, ni los intereses políticos y financieros de la corporación diplomática.

Las deficiencias de Patriota son más evidentes cuando contrastadas con las supuestas virtudes de su sucesor. Figueiredo, aunque nunca fue embajador fuera de Brasil y sólo encabezó la misión ante Naciones Unidas en Nueva York durante este último año, es tenido por sus colegas como alguien que representará más fielmente los intereses corporativos de Itamaraty. Por otro lado, de sus actuaciones públicas (entre las que se destaca haber sido articulador en la conferencia Rio+20 el año pasado), se deduce que volverá a un estilo más frontal.

Por último, algunos analistas han especulado con una ‘democratización’ de la política exterior brasileña. Este diagnóstico parece apresurado. Las reformas anteriores de Itamaraty constituyeron procesos lentos y consensuados. En rigor, debieran verse como un continuo iniciado en 1993 (cuando el ex presidente Fernando Henrique Cardoso era aún canciller), pues desde entonces y hasta la última reforma en 2006, la corporación diplomática ha sabido actuar coherentemente sin perder cohesión interna ni funciones. Como dicta su lema institucional: “la mejor tradición de Itamaraty es saber renovarse” y probablemente eso veamos con Figueiredo: la gestión de moderadas reformas institucionales y una diplomacia de más alto perfil. Los lineamientos de fondo seguirán siendo los mismos establecidos desde la llegada del Partido de los Trabajadores y su perenne asesor, Marco Aurelio García, el verdadero canciller.

¿Cómo afecta esto a la Argentina? En principio, de ninguna forma. Las relaciones bilaterales se continuarán deteriorando, como es lógico esperar, por las asperezas comerciales y el futuro recesivo que espera a ambas economías. Sin embargo, el hecho de que Brasil vuelva a acentuar la diplomacia presidencial, se fije más en el estilo que en las formas y eventualmente intente una reforma dentro de Itamaraty, probablemente distraiga la atención del gigante sudamericano, suavice la posición brasileña y acentúe las simpatías ideológicas que unen a Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner. Claro que sobre esas bases, la luna de miel estará determinada a durar poco.

* Máster en Estudios Internacionales y candidato a doctor en Ciencia Política de la Universidad Torcuato di Tella (Argentina). Fue becario CONICET, IVLP (Departamento de Estado de los Estados Unidos) y ERASMUS Mundus (Comisión Europea). Es profesor en la Pontificia Universidad Católica Argentina, columnista del Diario Perfil y autor de varios trabajos de investigación sobre la política internacional en América del Sur. Actualmente reside en Coimbra (Portugal).

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