viernes, 13 de septiembre de 2013

La incómoda posición de Barack Obama ante la guerra


Luego de definir el empleo de armas químicas como la nueva ‘‘línea roja’’, el Presidente Obama se evidencia hoy atrapado entre las facciones domésticas, sus aliados extranjeros y, fundamentalmente, la ‘‘tentación por hacer algo’’

(Por Rosario Zabala Gallardo *) - Un Presidente norteamericano le cuenta al mundo acerca de la inminente necesidad de un ataque militar que evite la utilización de armas de destrucción masiva por parte de algún cruel déspota del Medio Oriente. La comunidad internacional permanece escéptica (al igual que la opinión pública local).  Los líderes internacionales se manifiestan poco convencidos, alientan la paciencia y la diplomacia, al tiempo que inspectores de las Naciones Unidas elaboran sus propios reportes. La inteligencia norteamericana revela los – hasta ese momento secretos – informes correspondientes. El Presidente reafirma su predisposición a utilizar la fuerza de manera unilateral en caso de resultar estrictamente necesario, y desafía al Congreso a que se exprese su ultimátum.  Fin de la historia.

Probablemente el anterior relato suene conocido. Y esto es así, dado que con certeza secuencias similares fueron escuchadas en anteriores ocasiones.

La primera vez, en Irak,  las cosas no resultaron del todo – por decirlo amablemente – fortuitas. Incluso a pesar de que una temprana administración Bush prometería un ataque corto, tanto en términos de alcance como de duración, los Estados Unidos de América terminaron viéndose involucrados en una situación de estruendosa complejidad, que duró ocho años, costó más de un billón de dólares, y resultó en la muerte de casi 4500 oficiales norteamericanos (sin mencionar los miles de iraquíes, frecuentemente olvidados).

En aquellos tiempos, el aún joven senador Barack Obama, para quien su primordial oposición a la Guerra de Irak le supuso reconocimiento nacional, se dirigió a la Administración Bush de la siguiente manera:

‘‘No me opongo a todas las guerras… A lo que me opongo es a una guerra sin sentido. A lo que me opongo es a una guerra imprudente. No padezco de ninguna ilusión sobre Saddam Hussein. Él es un hombre brutal. Un hombre despiadado. Un hombre que mata a su propia gente para asegurar su propio poder. Ha desafiado repetidamente las resoluciones de Naciones Unidas, ha frustrado a equipos de inspección de Naciones Unidas, ha desarrollado productos químicos y armas biológicas, y ha codiciado la capacidad nuclear… Pero también sé que Saddam no plantea ninguna amenaza inminente y directa a los Estados Unidos o a sus vecinos… Sé que una invasión de Irak sin una exposición razonada clara y sin fuerte internacional sólo va a incrementar el fuego en Medio Oriente, propiciará los peores, antes que los mejores, impulsos del mundo árabe, a la vez que fortalecerá el reclutamiento de armas de parte de Al Qaeda’’ (‘‘ Speech Against the Iraq War‘‘. The Federal Plaza, Chicago. Octubre de 2002.)

Un excelente discurso, sin lugar a dudas. El tipo de discurso, repleto de sentido común y honestidad, que eventualmente llevaría a Obama directo a la Casa Blanca.

Claro está, que existen ineludibles diferencias entre los casos de Irak y Siria. En este sentido, Bush encaró la guerra contra el régimen de Saddam Hussein de un modo más enérgico, mientras Obama pareciese aún contemplar de mala gana la opción de una acción militar en Siria. Por otro lado, los Estados Unidos no han sido esta vez el primer país en requerir una intervención militar (lo anterior, luego de las imágenes difundidas días atrás acerca de lo que pareció ser un ataque químico revestido). En esta ocasión, el honor le correspondió a Francia, Turquía y Gran Bretaña, cada uno de los cuales han exigido el paso a la acción.

Ahora bien, sin intención de comparación histórica, sino más bien de esclarecimiento político e ideológico, las anteriores reflexiones tienen por objetivo comprender que, pensé a que ningún paralelismo entre George Bush y Barack Obama resulte enteramente apropiado, las ironías que hoy se presentan a la orden del día no pueden ser dejadas absolutamente de lado y resultan igualmente tristes. En muchos casos, tales diferencias no tornan la situación más agradable. Por el contrario, la hacen más trágica.

Sucede que esta vez, ante las exigencias de sus principales aliados extranjeros al respecto de una acción concreta, el Presidente norteamericano aparenta no tener opción. Incluso más, las presiones en tal dirección provienen, en gran medida, de su propio aparato de política exterior, favorecedores del empleo de la fuerza militar ante acontecimientos tales como los crímenes de guerra y las violaciones de derechos humanos a gran escala.

El punto es que, una vez habiendo dejado Irak, el sentimiento pareciese ser el de que los Estados Unidos de América han fallado en la persecución de sus obligaciones morales.

Así las cosas, ‘‘duele’’ ver al Presidente Obama insistir en que los Estados Unidos de América no desean el cambio de régimen, en una de las pocas situaciones en la cual seguramente sería justificado. ¿Assad es responsable de las muertes de decenas de miles de sus propios ciudadanos en un conflicto brutal, en curso, y no se espera que él sea expulsado del poder?

Simplemente no existe la posibilidad de que así no suceda, más aún visto y considerando que para la facción ‘‘pro derechos humanos’’ que habita dentro del equipo de asesores de Obama – y de la cual forma parte su Consejera en Seguridad Nacional, Susan Rice – corresponde a los Estados Unidos utilizar su fuerza para prevenir las injusticias más extremas del mundo. Para ellos, ese debe ser el modelo de política exterior estadounidense.

Pero por sobre todas las cosas, se torna ‘‘irritante’’ ver a este Presidente – el hombre que una vez habló con tanta elocuencia en contra de las ‘‘guerras imprudentes’’ conducidas por el ‘‘cinismo’’ y la  ‘‘política’’- ir a la guerra únicamente porque él mismo ha caído en su propia trampa retórica.

En este sentido, recuérdese que la principal razón por la cual Estados Unidos comienza a acrecentar su involucramiento en la cuestión siria se debe a una declaración presidencial del 2012, en la que Barack Obama se refirió al empleo de armas químicas como una ‘‘línea roja’’. En retrospectiva, y a la luz de los resultados, es probable que el Presidente norteamericano no haya querido significar sus deseos de intervenir. Tal vez fue tan sólo una tentativa, y no un anuncio de interés.

Lo anterior, dado que, en definitiva, Estados Unidos carecía de todo interés nacional principal en Siria. Cierta es su hostilidad de antaño hacia el régimen de Al- Assad. Sin embargo, y pese a su aparente simpatía por los insurrectos sunitas, lo que ahora más pesa al final del día son las altas probabilidades de que el derrumbamiento de Al-Assad conduzca, antes que a un régimen democrático atento a los derechos humanos, a un régimen de naturaleza islamista, de importantes vinculaciones con Al Qaeda.

Considérense entonces las posibilidades.

Primero: Que el Congreso resuelva en contra de cualquier intervención armada en Siria. Aunque atención: días atrás, Josh Earnest, portavoz de la Casa Blanca, aseveró que en su rol de Comandante en Jefe, Obama ‘‘había decidido que los Estados Unidos de América deberían emprender una acción contra el régimen sirio, basándose en los intereses nacionales norteamericanos’’. Si eso es verdad – y si Obama cree también que el tiene la autoridad para actuar sin la autorización del órgano legislativo-  ¿cómo puede el Presidente abstenerse de emprender una acción militar tan sólo por no haber podido conseguir los votos suficientes del Congreso?

Segundo: Que el congreso se exprese a favor de un ataque militar a Siria, dejando a Obama una importante deuda para con los congresistas republicanos.

En cualquiera de los casos, el panorama se vislumbra trágico.

El dilema de Barack Obama

Culpar a Barack Obama por perder el control de la situación, es fácil. Aunque también, demasiado simple.

El verdadero problema, radica en que luego de las intervenciones en Irak y Afganistán, los Estados Unidos, tal lo sucedido en anteriores ocasiones, han procurado reducir al mínimo su presencia en el mundo y disfrutar de las ventajas que conlleva ser la economía líder, sin pagar ningún precio político o militar por ello. Este tipo de estrategias, pese a que representa una visión por demás seductora, puede asimismo simbolizar una fantasía imposible de mantener.

En este caso, conducido por una política exterior aún imprecisa en sus términos generales, el Presidente Obama se revela atrapado por las ideologías internas ‘‘pro derechos humanos’’, la inclinación de sus aliados extranjeros y, fundamentalmente, la ‘‘tentación por hacer algo’’, no obstante ineficiente.

En definitiva, y a pesar de que pueda resultar convocante ocupar la primera fila del juicio moral a figuras como Al-Assad, resulta igualmente triste no tener el poder de hacer algo al respecto. De cualquier modo, Obama ha dejado claro que la única norma que está interesado en tratar de reforzar militarmente es aquella en contra del uso de armas químicas, y no la de proteger la vida de cientos de civiles.

En conclusión, las palabras terminaron por convertirse en el peor enemigo del Presidente norteamericano, ante los ojos de un entorno inmediato, pero también internacional, que hoy le exige ‘‘hacer algo’’.

La historia se repite, otra vez, de manera trágica.

* Artículo por Rosario Zabala Gallardo (rzabala@geic.com.ar) y distribuido por GEIC, grupo de estudios internacionales. Link a la fuente original.

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