lunes, 14 de enero de 2013

Contrastes entre el desarrollo militar brasileño y la política de defensa argentina

La importancia del poder militar en la política internacional. El programa de defensa brasileño como factor estratégico y de desarrollo industrial. Diferencias con la Argentina.

(Por Santiago Pérez desde Rio de Janeiro) - Según la teoría de las Relaciones Internacionales, el sistema internacional es de características anárquicas. Aunque parezca algo primitivo, el mundo de hoy aún carece de un órgano supranacional, o un “Leviatán”, con la capacidad de regular las relaciones entre los distintos países. Si bien existe una multiplicidad de organismos internacionales multilaterales, ninguno de ellos cuenta con las facultades legales para ser el árbitro de los asuntos que atañen a los estados soberanos. En otras palabras, el mundo se rige, en líneas generales, por la ley del más fuerte.

Es así que las naciones del mundo que desean hacer valer sus intereses más allá de sus fronteras se ven obligadas a desarrollar las herramientas necesarias para que su política exterior pueda ser canalizada y materializada. El poder del estado y la capacidad de este de exteriorizarlo es entonces un factor central para la política internacional. Este poder estatal puede ser de características blandas o duras. En los últimos años, el denominado poder blando comenzó a ocupar un espacio de mayor importancia dentro de la agenda exterior nacional. La capacidad de influir económicamente en el exterior se transformó en la primera herramienta utilizada por los gobiernos para hacer valer sus intereses en el extranjero. No es casualidad que las principales empresas brasileñas, tanto públicas como privadas, hayan diseminado inversiones y comprado empresas en los sectores estratégicos de las economías de los distintos países de América del Sur. Un inmejorable ejemplo de la utilización del poder blando como herramienta de política exterior, en este caso, regional.

Pero si bien la economía es más y más importante en el mundo de hoy, el poder militar sigue siendo un instrumento ineludible para los países con ambiciones dentro del escenario internacional. Puede ser injusto, primitivo o indignante, pero, en ciertos casos, las armas siguen mandando. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia lo demuestran día a día con sus espectaculares despliegues. Las recientes operaciones de la OTAN en Irak, Afganistán y Libia son las demostraciones más palpables de la importancia de las Fuerzas Armadas para la política exterior. No en vano el recordado militar prusiano Carl von Clausewitz dijo allá por el siglo XIX: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Ante esta innegable realidad vale la pena hacer un análisis comparativo del rol que ocupa el complejo militar-industrial en los dos principales países de América del Sur: Argentina y Brasil.

El denominado Proceso de Reorganización Nacional destruyó el prestigio de las Fuerzas Armadas en la República Argentina. A partir de 1983, los gobiernos democráticos no trabajaron efectivamente para recuperar la imagen del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina dentro de la sociedad. Tampoco hubo esfuerzos por hacer un uso inteligente y moderno de estas instituciones. La decisión fue la de desmantelarlas. Es así que, en las últimas tres décadas, la capacidad militar del país se vio sistemáticamente disminuida (con alguna excepción) al punto que, actualmente, Argentina no podría combatir ni a un enemigo imaginario fuera de su territorio. Esta realidad es resultado de una decisión política. Si bien las Fuerzas Armadas son una herramienta fundamental para cualquier país del mundo, en la Argentina pareciera que simplemente se puede prescindir de ellas. Nadie en el Gobierno comprende que, más allá de lo sucedido en el pasado, el poder militar es una herramienta y un estratégico brazo de la política exterior de una nación.

En Brasil la situación es dramáticamente diferente. No solo el Ejército es una institución de prestigio dentro de la sociedad, sino que también el Gobierno considera el desarrollo militar una prioridad y una política de estado, la cual es aceptada por los distintos actores sociales. Es así que el país destina el 1,5% del PBI a gastos de defensa, casi el doble que la Argentina. Brasil invierte en capacitación y salarios dignos para los integrantes de las fuerzas. Al mismo tiempo ha destinado cuantiosos recursos al equipamiento, negociando compras de armamentos en función de la transferencia de tecnología. El proyecto no es solo importar armas, sino también traer conocimiento al país.

En un mundo donde las materias primas son cada vez más vitales, la custodia de los 7000 kilómetros de costas y los inmensos recursos naturales que allí descansan son una prioridad para el Gobierno Federal. Brasil ha firmado acuerdos con Francia (histórica potencia nuclear) para la cooperación en la construcción de una flota de submarinos convencionales y un submarino nuclear. Brasilia ha logrado conquistar la confianza de París y recibirá transferencia de tecnologías sensibles y estratégicas. De esta forma, la nación sudamericana busca incorporarse al selecto club de países poseedores de submarinos de propulsión nuclear. El país también trabaja en la adaptación de la base naval de Itaguaí, en el estado de Río de Janeiro, desde donde operará dicho submarino.

La relación directa entre desarrollo militar y producción industrial está también presente. Embrear, empresa privada perteneciente a la industria aeronáutica, trabaja en un proyecto de avión militar que llevará el nombre de KC-390. Se trata de una aeronave de transporte, logística y reabastecimiento en vuelo que busca competir con el ya conocido C-130 Hércules, de la norteamericana Lockheed Martin. Portugal, Argentina, Chile, Colombia y República Checa ya manifestaron su interés en adquirir unidades de este modelo en cuanto esté operativo. Es así que, desde una necesidad de defensa, se impulsa no solo la producción aeronáutica nacional, sino también las exportaciones de bienes industriales de alto valor agregado. Sin dudas, un círculo virtuoso conocido y explotado durante varias décadas por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia, y al cual Brasil desea incorporarse.

En la Argentina de hoy, a pesar del discurso algo nacionalista del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, escasean proyectos de estas características. Si bien el ejecutivo no posee (o si la tiene es muy débil) una política estratégica de defensa, la Argentina tiene limitaciones estructurales. Aún realizando fuertes inversiones, por la dimensión de su economía, el país no podría emprender megaproyectos equivalentes al de su vecino y “hermano mayor”. Recordemos que la economía brasileña es cinco veces superior a la Argentina. La carrera por el liderazgo regional entre argentinos y brasileños se definió en favor de los últimos hace ya varios años. Brasil superó a la Argentina en prácticamente todos los aspectos relevantes para la política internacional, y el militar no es más que uno de ellos.

El desarrollo militar permitirá a Brasil proyectar su influencia no solo más allá de sus fronteras nacionales, sino también en el escenario internacional extraregional. En definitiva, como se mencionó al inicio de este artículo, el mundo es anárquico y, a pesar de los intentos por “legalizar” las Relaciones Internacionales, el principio rector de la alta política global sigue siendo el de la ley del más fuerte. Dentro de este contexto, Brasil estará infinitamente más preparado que la Argentina para presentarse ante las grandes potencias mundiales como un actor cuya voz debe ser escuchada.

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