lunes, 3 de octubre de 2011

Error estratégico argentino en la Guerra de las Malvinas (Falklands).

El contexto hemisférico de inicios de la década de 1980 encontraba a América Latina sumergida en gobiernos militares. El mundo entero estaba dividido básicamente en dos grandes esferas de influencia: La norteamericana y la soviética. Estas dos superpotencias combatían en distintos puntos del planeta con el objetivo de incluir dentro de su esquema político e ideológico a la mayor cantidad de países posibles. Las guerras Vietnam y Afganistán, el sostenimiento del Muro de Berlín y la proyección de llevar el conflicto al espacio exterior son ejemplos que nos permiten comprender la dimensión del enfrentamiento.

América Latina no estaba al margen de dicha contienda. Con el objetivo de aplacar cualquier movimiento comunista en la región y evitar una “Nueva Cuba” los Estados Unidos habían apoyado el establecimiento de gobiernos militares en distintos países. De esta forma se garantizaba una lucha firme contra los movimientos marxistas manteniendo a las corrientes socialistas lejos de su patio trasero. Dentro de este contexto el gobierno de facto argentino mantenía cercanas relaciones con Ronald Reagan considerándose unos a otros aliados en la lucha contra el comunismo.

Puertas adentro de la Argentina el entonces presidente Galtieri se encontraba en una situación política adversa y encontró en la invasión de las Islas Malvinas una estrategia para relanzar su imagen a nivel local. De hecho se trataba de una reparación histórica para la sociedad argentina la cual percibía a la ocupación británica del archipiélago como una injusticia impuesta por una lejana y poderosa potencia colonial.

Podríamos suponer que si aumentar su popularidad era el objetivo del gobierno, el éxito de la misión sería un factor central para lograr su cometido. Galtieri quién estaba dentro del ejercito desde el año 1943 sabía que un combate entre la Argentina y Gran Bretaña tendría un ganador preanunciado y que tarde o temprano el conflicto seria definido en favor de los europeos. Dadas estas circunstancias desde el fin de la guerra hasta nuestros días distintos analistas sostenían que si bien los argentinos eran conscientes de esto, el gobierno suponía que recibiría algún tipo de apoyo de los Estados Unidos, quienes eran sus aliados en la lucha contra el comunismo. La junta militar argentina contaba con que de alguna forma los norteamericanos intervendrían para evitar una catástrofe en el Atlántico Sur.

La publicación del libro “1982”, de Juan Bautista Yofre donde se exponen documentos secretos del conflicto aporta un dato de gran trascendencia en relación a la especulación argentina en torno a la posición norteamericana ante el conflicto. El diario argentino Clarín publico un fragmento del libro en el cual queda claro que Galtieri había sido notificado telefónicamente por el propio Ronald Reagan de que no recibiría apoyo de los Estados Unidos en caso de invadir las islas. Esto significaba que el conflicto representaría de una forma u otra un enfrentamiento entre una débil nación sudamericana y las potencias de la OTAN. Bajo estas condiciones una victoria militar argentina se tornaba una empresa imposible.

La información era clara pero había llegado a destiempo. La comunicación entre Buenos Aires y Washington se había producido en la noche del 1 de Abril de 1982, 30 minutos después de dada la orden final de invasión, cuando ya era imposible comunicarse con las tropas para dar marcha atrás con el plan. Esa escasa media hora de tiempo había dejado a la Argentina sola frente al Imperio Británico y sus aliados.

A continuación, el artículo al que hacemos referencia:

“Revelan documentos secretos de la guerra de las Malvinas”
Diario Clarín
Buenos Aires, Argentina

02/10/2011


Galtieri : “¿Qué hago?” Costa Méndez : “Mire Presidente, si Breznev lo llama a usted, usted no puede negarse, bueno, si Reagan lo llama a usted, usted no puede negarse”.

Años más tarde, Costa Méndez dijo que “a las 22.30 el ‘timing’ fue favorable a la intención de Galtieri, porque la comunicación llegó una media hora después de lo que se llama ‘Fail Safe’, el momento en que se interrumpen las comunicaciones con los buques que intervendrían en la invasión y con los submarinos.

Era la hora del “no retorno”, ya no había marcha atrás . Como dijo un alto funcionario argentino de la época, “ a Reagan lo ningunearon ”.

En la tarde del 1º de abril, Nicanor Costa Méndez sabía que tarde o temprano deberían atenderle el teléfono al jefe de la Casa Blanca. Encargó a su “equipo especial” preparar una minuta sobre lo que debería decir Galtieri durante su diálogo con Reagan. Cerca de las 20 horas le dijo a Roberto “Boby” García Moritán, uno de sus secretarios: “vas a ir vos a la Casa Rosada y vas a ser el traductor”. “Canoro” debería haber presenciado el diálogo (como lo hará en otras ocasiones) pero no fue: Temía que la situación se volviera incontrolable, como sucedió, o porque él no sería la figura principal de la escena. No lo decía en público pero había problemas de “cartel”.

A las 21, el Secretario de Embajada, Roberto García Moritán, con apenas treinta y dos años, entró al despacho del presidente de los argentinos. Lo estaban esperando Galtieri, el almirante Benito Moya y el general Iglesias. García Moritán, después de los saludos protocolares, le entregó la minuta.

Galtieri la leyó y luego se la pasó a Moya e Iglesias. Como único comentario escuchó de uno de ellos una frase crítica: “Demasiado suave … ustedes los diplomáticos”. Pocos minutos más tarde observó cómo entraba un circunspecto coronel de Inteligencia que procedió a conectar un grabador de cinta abierta al teléfono que usaría el Presidente de la Argentina. Realizó su tarea y se retiró del despacho. El joven diplomático pensó que Galtieri tenía un teléfono especial pero no fue así, en ese momento usaba el clásico aparato negro de bakelita que proveía ENTel . A la hora acordada, un edecán presidencial entró al despacho y dijo: “Señor Presidente, está lista la comunicación con la Casa Blanca” . García Moritán se paró, levantó el tubo y escuchó del otro lado, en inglés, “¿la traducción la van a hacer ustedes?”. “Yes” respondió el diplomático.

Entonces Galtieri y García Moritán se pararon uno al lado de otro, pegaron sus caras con el tubo en el medio para escuchar, ofreciendo una imagen más proclive a una película cómica que a la gravedad que se vivía. Un crítico de cine, con alguna imaginación, pensaría estar viendo al general Jack D. Reaper, el presidente Merkin Muffley y al capitán Lionel Mandrake, personajes de “Doctor Insólito”, que supo encarnar Peter Sellers bajo la dirección de Stanley Kubrick en 1964.

Después de los acostumbrados saludos de estilo, Reagan dice que “tenía noticias que la Argentina adoptaría una medida de fuerza en las islas Malvinas” y que está “muy preocupado por las repercusiones que una acción de este tipo podría tener”. Respondiendo, Galtieri hizo una larga exposición sobre los derechos argentinos y la posición oficial al respecto. Viendo que el método que estaba utilizando con el diplomático era tan incómodo como ineficaz, ya que él era más alto y no hablaba correctamente el inglés (tan es así que un mes más tarde, conversando con el presidente peruano Fernando Belaúnde Terry le confesaría que “mi inglés es muy pobre”), Galtieri se sentó en su sillón presidencial y escuchaba el relato de García Moritán y respondía lentamente para dar tiempo a una correcta traducción. Los otros dos jefes militares se limitaron a mirar y escuchar.

En un momento, Reagan dijo que la Primera Ministra británica era amiga suya y que Gran Bretaña era un aliado “muy particular de los Estados Unidos”, y cuando habló de lo que opinaría “la opinión norteamericana” en caso de un enfrentamiento armado, Galtieri se exasperó y levantando la voz y apuntándolo con el dedo le dijo a García Moritán: “Eso no lo dijo … no puede decir eso”. Tras afirmar esto se hundió en un profundo silencio . El Presidente de los Estados Unidos continuó hablando, y Galtieri permaneció pensativo, en silencio. Entonces García Moritán les dice a los jefes militares presentes: “¿Le contesto sobre la base de la minuta?”, recibiendo como toda respuesta un seco “sí”. En pocas palabras, el diplomático terminó conversando con Ronald Reagan, como pudo, ante la mudez de Galtieri. Una vez que terminó el diálogo telefónico, el teniente general Galtieri volvió a reiterar que dudaba de la calidad de la traducción. Mandó llamar a los gritos al coronel de Inteligencia que esperaba en la antesala del amplio despacho. “¡Coronel, ponga la grabación!”, ordenó.

El alto oficial rebobinó, mientras García Moritán imaginaba que su carrera diplomática estaba al borde del precipicio. Seguramente pensó en su esposa Lucila y en “para qué carajo me quedé en Buenos Aires, cuando estaba destinado a Ginebra”. Una vez que la cinta volvió al principio, el coronel paró el retroceso. Apretó “Play”, se escuchó “clic” y luego un largo zumbido … y nada más.

El oficial de Inteligencia no había ligado bien a los aparatos y nada había sido registrado . Manteniendo un rictus de pesar, García Moritán vio como Galtieri hacía salir “a salto de rana” a un Coronel de la Nación … una imagen entre patética y humillante que, seguramente, nunca olvidaría. Así comenzaba un enfrentamiento armado contra la tercera potencia militar y tecnológica del planeta.

Link a la nota desde su fuente original:
http://www.clarin.com/politica/Revelan-documentos-secretos-guerra-Malvinas_0_565143566.html

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